El ALCA culminará la
devastación de la producción nacional
El cumplimiento de las condiciones impuestas por Estados Unidos implica
consolidar en Colombia el incesante trabamiento de sus fuerzas productivas en
ciudades y campos, lo que equivale a volver permanente el derrumbe económico. A
medida que la ausencia de capacitación, la legislación antilaboral y el alto
desempleo, todos a una, extremen aún más la baratura de la fuerza de trabajo,
la producción se destinará a renglones industriales menores y a determinados
productos agrarios, en nuestro caso los llamados tropicales, que llegarán a
precios de ganga a los mercados de Estados Unidos y de otras naciones
desarrolladas. Y eso contando con que la “libre competencia” con las mercancías
de deprimido valor procedentes de otros países de producción más raquítica que
la nuestra, como dice un ansioso dirigente de los exportadores, no nos “gane la
pelea”. A este destino de estancamiento económico y social le calza como guante
esa estrategia de lo pequeño que llena las ilusiones de Uribe Vélez: bajo
formas cooperativas, comunitarias o familiares, impulsar la pequeña producción
realizada por parte de unidades empresariales pequeñas y distribuida a través de
pequeños establecimientos comerciales para darle forma a un país de pequeños
propietarios. Si se tiene en cuenta que en la gran división internacional del
trabajo entre las naciones que entraña la política de globalización, Colombia
queda en general excluida de los gigantescos y modernos avances industriales y
tecnológicos mediante el expediente de confinarla a una economía cuya
producción tenga el prefijo micro como distintivo, y en la que se expandan los
tipos artesanales e informales del trabajo, el sueño que desvela a Uribe es la
esclavización del país.
Como complemento de tal embotellamiento de la producción nacional, los
monopolios norteamericanos, en una implacable toma, inundan el mercado nacional
con sus mercancías salidas de los laboratorios, fábricas y granjas en Estados
Unidos o de sus plantas y maquiladoras ubicadas en otros países y se apoderan
de los grandes establecimientos y redes comerciales. Queda servido así el país
para que el capital financiero de las multinacionales le aplique en grande la
modalidad de la maquila en algunos sectores o industrias seleccionados. La cual
no se limitará a las zonas especiales, ya que en armonía con el “manifiesto
democrático” de Uribe, operará en toda la geografía nacional. Colombia
recolonizada será una nación-maquila que terminará compitiendo con las
semejantes extendidas en todo el mundo. Como las de Blangadesh, donde se paga a
220 pesos la hora de trabajo; o las de China, donde un obrero fabril recibe por
dos días de trabajo lo que su similar japonés se gana en una hora, por lo que
ya están venciendo a punta de salarios de hambruna a las de México, con la
natural corrida de capitales hacia países como esos. Y a propósito, ese México
así vencido, que fue pionero en tratados de libre comercio con Estados Unidos,
refleja de cuerpo entero el futuro que se nos anuncia: allí, 97% de los
componentes que utilizan en sus “maquilas” todavía hoy son importados y, como
anotaba un obrero, “a pesar de que México ha albergado muchas fábricas de
carros, nosotros no sabemos cómo hacer uno”.
Todo este proceso neoliberal lleva en nuestro país tres lustros y sigue en
marcha causando la mencionada hecatombe social. Para intensificarlo y
consolidarlo, no sólo en Colombia sino en todo el hemisferio, el imperio
norteamericano tiene como política central la imposición del Área de Libre
Comercio de las Américas (ALCA). Con esta se intenta coronar el proceso de
apertura abriendo plenamente los mercados al capital financiero y a los
productos norteamericanos, lo que llevará a la pérdida del mercado nacional, a
la carencia de seguridad alimentaria y a la postración de la industria y la
agricultura, seguida de su suplantación por las de origen foráneo. Así, a la
nación no solo le estará vedado el desarrollo sino que se le hará retroceder a
sombrías épocas de atraso. En las determinaciones sobre economía y comercio que
finalmente contengan lo acordado se patentizará la recolonización que enfrenta
Colombia.
Para la constitución del ALCA, proyectada para el final del año 2005, Estados
Unidos ha manifestado que está dispuesto a llegar a ella a través de
negociaciones con grupos subregionales ya existentes, tales como el formado por
Costa Rica, El Salvador, Guatemala, Honduras y Nicaragua, el Mercosur, Caricom
y la Comunidad Andina de Naciones, de la cual hace parte Colombia. Pero
simultáneamente se empeña en alcanzar acuerdos mediante negociaciones
bilaterales con los países que así lo deseen, como es el caso de las que está a
punto de culminar con Chile, o con aquellos que considere necesario,
“dependiendo de las condiciones prevalecientes en el momento dado”, según
expresa el subsecretario de Estado de EE.UU., Otto J. Reich. De todos modos,
sean multilaterales o bilaterales las negociaciones, el imperio norteamericano
ya cuenta con una situación de supremacía que le permitiría imponer su
voluntad. No obstante, es innegable que esa supremacía sería apabullante para
el país que entre en tratos bilaterales. Como se ve, la división que utiliza
Washington para reinar en los treinta y tres países de América Latina, empieza
por la actual división para negociar.
Como lo más previsible es que el gobierno de Bush imponga mediante el ALCA
su ley en la economía del continente y el de Uribe la acate e inicie su
ejecución, se abrirá entonces un prolongado período en el que los millones de
compatriotas vulnerados a causa de esa política solo tendrán una genuina
alternativa: desplegar los valores patrióticos y democráticos que atesoran a
fin de emprender múltiples acciones de resistencia contra este intento de
consumar la recolonización.
Los trabajadores
aquilatarán la táctica de sus luchas
Puesto que expedientes como el ALCA
son punta de lanza de la política que al servicio del capital financiero
norteamericano lleva a cabo el gobierno de Bush, los trabajadores deben librar
junto al resto de la población una lucha igualmente política y a fondo en su
contra. Máxime cuando, como elemento esencial de la intensificación de la
apertura neoliberal que esa política exige, el gobierno uribista está gestionando
ante el Congreso reformas que arrasarán con más derechos laborales y
escamotearán las pensiones de los trabajadores. De allí que, con la mira puesta
en la ineluctable batalla, la clase obrera, en particular su movimiento
sindical, al examinar las distintas modalidades que adoptó la aplicación de esa
apertura, deberá analizar rigurosamente las no menos variadas resistencias que
se le opusieron. En la síntesis de tales experiencias aparecerá sin duda la
necesidad de cambiar enfoques y conductas que han estorbado la eficacia de su
acción.
No han sido pocas las ocasiones en que la lucha se ha desvirtuado debido a
la figuración de un puñado de dirigentes sindicales que siempre están en plan
de abandonar furtivamente las posiciones de combate para ameritar así las
gratificaciones de variada especie que otorgan funcionarios y patronos. No es
extraño que al conocerse estas rentables fugas, sus palabras suenen como
monedas de palo en recintos, calles y plazas cuando los trabajadores exponen y
discuten sus derechos, celebran sus paros o conmemoran sus luchas. Igualmente
dañina ha sido la tendencia de algunos directivos de las centrales y
federaciones sindicales a convertirse en funcionarios del gobierno de turno,
¡preferentemente en el Ministerio de Trabajo!, o de instituciones afines, como
emulando la conducta antipatriótica de gentes tipo Hommes y Junguito quienes,
cual si se moviesen graciosamente entre los caballitos de un tiovivo, van y
vienen cínicamente de cargos en ramas del Estado a los de las organizaciones
financieras o sus gremios y, lo que es más abyecto, a los de organismos
internacionales que se ensañan en el país. Con la diferencia de que, al
hacerlo, estos no se salen de los circuitos del poder financiero o
imperialista, mientras que aquellos ingresan a ellos.
La necesidad de orientar y educar a las bases de los trabajadores sobre la
táctica adoptada ante cada acometida del gobierno, labor que corresponde a las
direcciones sindicales, se ve a menudo socavada por declaraciones, tanto
escritas como orales, en las que gastadas quejumbres reemplazan la denuncia y
se esquivan con insulsas expresiones los llamados concretos a la lucha, como si
la intención fuera escenificar simulaciones de oposición. Actitud que se
desprende de la tendencia a centrar la defensa de los intereses de los
trabajadores en melifluas posiciones de concertación y reconciliación. Se abre
campo así la indigna rutina de llegar a las lamidas oficinas de funcionarios y
gerentes a imprimirle la dosis de “controversia” que precisan las medidas y
disposiciones antiobreras y antinacionales, episodios que estos aprovechan para
presentarlas como resultantes de un proceso de discusión democrática. Es obvio
que en estas circunstancias la desviación no reside en que se tengan las
necesarias conversaciones y debates con funcionarios y patronos, sino en que se
celebren con las fronteras de los contrapuestos intereses borradas y creyendo
que la mesura y la concertación son más efectivas que las protestas,
movilizaciones, huelgas y paros, las preciadas armas en manos de las bases
sindicales que en tales casos se dejan en los anaqueles antes de cruzar la
puerta de entrada a las reuniones de concertantes.
Hoy más que nunca, todos los trabajadores precisan un cabal conocimiento
del contenido y los fines de las políticas que la globalización neoliberal
descarga sobre la producción y el trabajo nacionales, pues esa comprensión es
un componente necesario del ánimo que les es menester para disponerse a las
batallas, darlas a tiempo y afrontar sus peripecias y altibajos. Durante la
última década los sindicatos han hecho reales progresos en superar el recortado
ámbito de lo meramente gremial a fin de convertirse en destacamentos vivos,
capaces de enfrentar las amenazas que se ciernen sobre ellos. Las opresivas
disposiciones que rebajan salarios, esquilman prestaciones, raponean pensiones
y niegan derechos de organización, tienen un carácter político estampado por el
imperialismo y la burguesía financiera, por lo que necesariamente
antiimperialista y obrera debe ser su respuesta, allanando las tendencias
ideológicas y partidistas presentes en las organizaciones sindicales. A la
orden del día se pondrá la urgencia de dar esa respuesta teniendo en cuenta que
tan importante como combatir a los ensoberbecidos funcionarios uribistas que
impulsan esas políticas, así como a los altaneros presidentes de gremios que
les hacen coro, es examinar constantemente hacia dónde se inclinan quienes
vacilan frente a ellas y apoyar franca y resueltamente a quienes en cualquier grado
lo hacen hacia la resistencia.
El imperialismo y la
oligarquía ganan con la crisis que causan
Es necesario reiterar que el
aspecto clave de la crisis de Colombia es su pérdida de soberanía económica y
su manifestación más evidente es el atraso de la producción fabril y agrícola. Como
fatal secuela, cada vez es más azarosa la situación de las personas afectadas:
trabajadores con su energía y capacidad desechadas y empresarios no
monopolistas con sus capitales en continuo detrimento; gentes que por oleadas
son compelidas a desplazarse hacia los suburbios urbanos huyendo del
marchitamiento agrario y las implacables ráfagas de la violencia, y familias
que en los asentamientos urbanos se les deteriora y agota la vida a medida que
los ingresos salariales se les reducen y los servicios públicos, en funesta
hora entregados a la codicia privada, tanto nacional como extranjera, se les
encarecen o simplemente se les niegan. Estas facetas de la situación,
desprendidas todas de las políticas propugnadas e impuestas por Washington,
revelan que el imperialismo, innombrable por algunos al apartarse de la
izquierda y empezado a nombrar por otros al adquirir sensatez, es hoy el
principal enemigo a enfrentar. Mas como en la globalización, que es su
política, no hay crisis sin ganadores, a sus nefastos efectos sobre el país y
las mayorías que lo habitan corresponde la bonanza monetaria para los bancos y
corporaciones financieras gringas y la consabida tajada para la oligarquía
financiera criolla.
Basta mirar el monto de la deuda pública, el cual es un haber en la bolsa
de los prestamistas, y el monto del servicio en intereses que demanda, para
saber a manos de quién van a parar los valores de la producción y el trabajo
que se les despojan a más de 40 millones de colombianos cuya situación se
degrada a diario. No tiene nada de extraño que sobre esta realidad, al
comparársela con la que soportan otros países, se registre que Colombia
retrocedió a los niveles económicos que tenía hace dos décadas y que, como lo
señala un índice de desarrollo humano elaborado por las Naciones Unidas, las
condiciones de vida de la población han descendido debido principalmente a la
disminución del ingreso por habitante.
Cuando se menciona que a la economía, entendida como la que impone y aprovecha
la élite financiera, le va bien mientras al país le va mal, no puede quedar
oculto que el bienestar de aquella se engendra a costa de los reveses de la
nación. De allí que los índices sobre mejoras o recuperaciones de la economía,
que se esfuerzan los funcionarios del gobierno y los presidentes de los gremios
por anunciar, vienen acompañados, en caso de ser ciertos, del agostamiento de
los sectores productivos nacionales.
Al cese del
enfrentamiento armado se debe llegar mediante una solución política negociada
A la comprometida situación económica la viene acompañando una desaforada
violencia que la empuja a insoportables extremos. Desde las trasnochadas
elucubraciones de Belisario Betancur sobre las “condiciones objetivas” que la
generaban, y que dieron pie a muchas de las irracionalidades de su nefasta
administración, la violencia ha sido tratada de manera acomodaticia por los
diversos gobiernos. Sacando a relucir sus bárbaros rasgos y el tremendo impacto
que produce en la opinión pública, la presentación que de ella se hace ahora
como germen de todos los males del país, tiene el doble propósito de ocultar el
hecho de que la causa motriz de la debacle económica y social de la nación ha
sido la política neoliberal impuesta por Estados Unidos y servir de pretexto,
tanto a este, que se ha apresurado a encuadrarla dentro de su cruzada mundial
contra el terrorismo, como al gobierno de Uribe, para justificar los planes
antidemocráticos y antinacionales que están implantando. Negar tales artilugios
que conducen a confundir los principales blancos de la resistencia civil, no
implica desconocer que la violencia, principalmente la generada en el
enfrentamiento armado de agrupaciones insurgentes con las fuerzas militares del
Estado, se ha venido convirtiendo en un factor político de gran incidencia en
la vida nacional, puesto que sus secuelas exacerban la crisis de la ya
debilitada estructura económica de la nación.
Ha sido siempre nuestro criterio que a ese enfrentamiento se le debe buscar
una solución política negociada. Pero esta posición del MOIR, si bien coincide
en su formulación general con lo expresado por las más disímiles fuerzas
políticas, tiene fundamentos y propósitos que la diferencian de todas ellas. Lo
que motiva al gobierno norteamericano y a la oligarquía colombiana a querer que
cese el conflicto es garantizar ganancias en una calmada situación de
“seguridad democrática” que haga viable en el país la expedita aplicación del
recetario neoliberal del libre comercio, ahora empacado en ese súmmum de la
apertura que es el ALCA. Por su parte, lo que anhelan las fuerzas y estamentos
patrióticos y democráticos es que al cesar el violento enfrentamiento se
extinga el azote que soportan amplios sectores de la población, se detengan los
graves daños ocasionados a la producción nacional y se suprima el pretexto que
-enmarcado en una amalgama de “luchas”, la vieja contra el narcotráfico y la
más reciente contra el terrorismo- el imperio norteamericano aduce para su
intervencionismo recolonizador en Colombia. Pretexto que la elite financiera
nativa, ahora con el gobierno de Uribe a la cabeza, alcahuetea y aprovecha para
marchitar derechos democráticos que la ciudadanía requiere a fin de sacudirse
la opresión política y económica a que la tienen sometida ambos. Establecida la
diferencia entre los diversos propósitos, el hecho es que con tal cese amplios
sectores de la población tendrán mejores condiciones políticas y sociales para
desarrollar su resistencia contra quienes constituyen la génesis de sus males.
Esa resistencia por parte de las clases mayoritarias, incluidos los
sectores de la burguesía nacional en quienes aliente una posición patriótica y
democrática, deberá adquirir un desarrollo que ocupe cada vez mayores espacios
políticos, cualifique la lucha de clases al concentrar esfuerzos en la lucha
contra la globalización norteamericana y unifique con tal propósito a todo el
país. Convencidos de que sólo la marcha que en esta dirección emprendan las
mayorías puede proporcionar una salida salvadora a la nación, hemos rechazado
las pretensiones de involucrar forzadamente a la población en el actual
enfrentamiento bélico, ya que es al Estado y a las organizaciones insurgentes a
quienes les corresponde dirimirlo. Cuestión esta confirmada por los intentos militares
y diplomáticos, así desafortunadamente hayan sido infructuosos, que ambos han
hecho durante lustros buscando una solución.
Los colombianos, de tiempo atrás víctimas de los aguijonazos de la
desaforada violencia, se ven sometidos ahora por el gobierno de Uribe Vélez a
medidas económicas que desgracian aún más su existencia y a decretos que
restringen y pisotean sus ya reducidos derechos y libertades democráticos, como
los expedidos al amparo del Estado de Conmoción Interior. Y para redondear esta
embestida, ese gobierno se empeña en convertirlos en sujetos de guerra, lo que
significaría que a la política de sudor y lágrimas que tan expresamente anunció
y tan acuciosamente les está haciendo sufrir, le quiere agregar ahora la
sangre, como si no bastase con la que han venido regando aun estando al margen
del enfrentamiento armado. No tiene ninguna razón legítima –ni ética, ni
política, ni constitucional- un gobierno como el de Uribe, que se rige por una
política antinacional y antipopular, para forzar a los nacionales, ya
abiertamente ya mediante artilugios, a que se conviertan en cruzados de su
belicismo, mientras les coarta las condiciones económicas y los espacios
democráticos que precisan para empezar a sacudirse, con sus propios esfuerzos y
respondiendo a sus propios y caros intereses, todas y cada una de las
violencias que los agobian.
Nuestra presencia en el
Senado
La campaña electoral para elegir el nuevo Congreso nos permitió exponer
ante un mayor número de gentes que sólo la resistencia civil por la soberanía,
el trabajo y la producción que ellas mismas forjen podrá extirpar sus
crecientes adversidades. Y les expusimos también que su apoyo electoral a la
candidatura del compañero Jorge Enrique Robledo nos permitiría introducir en
una importante rama del Estado a un impecable vocero de esa resistencia. Al
depositar su voto, más de 45.000 personas posibilitaron la conquista de la
curul en el Senado y demostraron así su consecuencia en la defensa de los
intereses de la nación y de los principios democráticos que deben regir en la
sociedad. La votación obtenida por la Unidad Cívica y Agraria-MOIR posee un
contenido que trasciende las comparaciones meramente cuantitativas y refleja la
existencia de un núcleo avanzado de colombianos que jugaron un papel activo en
ella. Por los nítidos perfiles de la campaña que la obtuvo y los escasos
recursos con que se realizó, constituye un éxito político que, inscrito en el
contexto de la prolongada marcha de la resistencia, sobrepasa con creces las
adhesiones personalistas y clientelistas de muchas de las candidaturas a los
cuerpos legislativos. Sus rasgos distintivos se conservarán en la actividad
parlamentaria del compañero Robledo, sin que este hecho excluya, y más bien
sirva de confiable y firme base, a la necesaria confluencia con otras fuerzas
políticas en defensas concretas de los intereses nacionales.
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