El
Nuevo Día- Editorial- Septiembre 24 de 2005
JORGE ENRIQUE ROBLEDO
A la hora de la verdad en el TLC
A veces sería mejor equivocarse, en especial
cuando se hacen predicciones sobre asuntos en los que está en juego el futuro
del país. Mas las advertencias que hicimos en contra de la demagogia oficial de
que iba a “negociarse bien” el TLC con Estados Unidos, se han cumplido como una
maldición. Y ello ha ocurrido en medio de una especie de ritual que raya en el
ridículo: basta con que el gobierno de Colombia diga que va a defender algún
punto, para que a continuación lo entregue. Es algo así como el arte de
defender cediendo el interés nacional, cosa que han hecho en la mesa de
negociación y fuera de ella. ¡Cómo serán las sonrisas que se cruzan los negociadores
estadounidenses!
La tragicomedia empezó cuando el ministro Cano
anunció que los aranceles que Colombia iba a eliminar empezarían altos,
posición que se mantuvo durante quince días, hasta que la embajada de Estados
Unidos rezongó al respecto. Luego se dijo que el país no eliminaría su
protección al agro si los estadounidenses mantenían sus subsidios, pero a poco
se les concedió a estos quedarse con ayudas internas entre 50 y 70 mil millones
de dólares al año. También entregaron el Sistema Andino de Franjas de Precios,
el principal instrumento de protección agropecuaria, pero como era obvio lo
hicieron insistiendo en que no lo harían. Y las salvaguardias que anunciaron
para trece productos y como permanentes, ya apenas las ruegan para tres. ¿Habrá
algún dirigente del sector que esté dispuesto a apostar que el gobierno no
cederá en esto también? Tan mal se anuncian las cosas, que la Sociedad de
Agricultores de Colombia (SAC) señaló que la posición del gobierno no es la de
esa agremiación.
A tanto llega el sometimiento de Colombia a los
abusos y arbitrariedades de Estados Unidos, que el gobierno aceptó
importaciones agropecuarias a precios de dumping, es decir, inferiores a los
costos de producción, a pesar de que esa práctica la
considera ilegal la propia Organización Mundial del Comercio. ¿No es el colmo
que todo un Estado suscriba un tratado que convierte en legal la ilegalidad
internacional y que ello lo haga nada menos que para que le arrebaten su
seguridad alimentaria?
El sacrificio de la industria va a ser, como lo
ha sido en los quince años que van de neoliberalismo, peor que el del agro.
Recuérdese que la producción industrial ha sufrido pérdidas que no ha tenido ni
en su peor momento el sector agropecuario. Y así sea con timidez, cada vez más
se oyen los reclamos de sectores a los que ni siquiera les permitirán agonizar
por diez años, pues serán eliminados en menos de cinco o a la vigencia del
Tratado. ¿A quién representa la burocracia gremial de la industria que defiende
el TLC? ¿Cómo demuestra que el interés de las trasnacionales es el de la nación
colombiana? Además de los conocidos efectos negativos que en farmacéutica y
agroquímicos genéricos implica el TLC, es fácil demostrar que proteger más a la
llamada “propiedad intelectual” de las trasnacionales agravará el atraso
científico y tecnológico de Colombia. El Tratado ratificará y hará
irreversible, mientras dure su vigencia, la reforma neoliberal, la cual, por
ejemplo, generó un sistema de salud que mata más colombianos que la violencia
que desangra al país. También empujará a la baja los ya precarios salarios de
los colombianos y reducirá a casi nada la cultura nacional, al aplastarla por
las expresiones culturales de los globalizadores. Y
los llamados “servicios” (finanzas, educación, salud, telecomunicaciones,
comercio, etc.) serán tomados por el capital extranjero, como lo reconoce el
Departamento Nacional de Planeación. El uribismo, de
otra parte, viene adecuando el país a las exigencias estadounidenses, aun antes
de acordarlas en el TLC, como ha ocurrido con el nuevo contrato petrolero, el
desmonte del precio de sustentación de la leche, la ley de garantías a los
inversionistas, la privatización de Telecom y el proyecto de eliminar el
impuesto de remesas que pagan las trasnacionales.
Coletilla: Los dirigentes uribistas podrán
decir que con la muerte de Turbay Ayala perdieron un
faro que les iluminaba el camino, pues, al fin y al cabo, cada uno escoge como
su luz a quien quiera, de acuerdo a cómo se refleje en las personas y los
sucesos. Pero aquí hay una historia, de ignominia por muchas razones, que no
cambiará por mucha que sea la retórica con que intenten cambiarla.