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Por
dos horas de reloj (el tiempo del besamanos) honró a Colombia con su visita
el señor Robert Zoellick, representante comercial de los Estados Unidos: un
título engañosamente modesto para un funcionario que, como un arcángel
exterminador, tiene la potestad de aniquilar países enteros. A eso vino aquí:
a anunciar el inicio de las negociaciones para desbaratar a Colombia más de
lo que ya lo está. O, dicho de otro modo, a anunciar el inicio de las
negociaciones para el establecimiento de un acuerdo bilateral de libre
comercio entre Colombia y los Estados Unidos.
Desbaratar a Colombia. Me dirán, como siempre, que exagero. Pero en el tema
de las relaciones entre el Imperio y sus colonias las exageraciones siempre
se quedan cortas.
Dijo el señor Zoellick, al finalizar el besamanos:
-Hay que reconocer la importancia del desarrollo rural y la lucha
antiterrorista, y ver cómo esto se puede volver una empresa para disminuir
los precios de los alimentos en Colombia.
Contradictoria frase. Porque alimentos baratos significa ahí, claro está,
alimentos importados de los Estados Unidos, donde la agricultura y la
ganadería gozan de descomunales subvenciones del gobierno: nada menos que
cincuenta y dos mil millones de dólares al año. E importación de alimentos artificialmente
baratos significa mayor ruina del campo colombiano, incapaz de competir en
esas condiciones. Y mayor ruina del campo significa a su vez agravamiento de
la situación de orden público. Porque la guerra colombiana nace en el campo,
y se alimenta en hombres (guerrilleros y paramilitares) del desempleo en el
campo.
Lo barato sale caro.
Es natural que al señor Zoellick le traiga sin cuidado que el acuerdo que
propone tenga consecuencias nefastas para el campo colombiano, y para la paz
en Colombia. Es natural, porque su oficio consiste en defender los intereses
de su país, no los de los demás. Pero los negociadores colombianos deberían
pensarlo muy bien antes de aceptar su oferta, o ceder ante su imposición.
Porque lo que Colombia necesita no son alimentos baratos, sino un campo
próspero y que dé trabajo a su gente (casi un tercio de la población, según
el Dane), para que esa gente no tenga que ir a buscar empleo armado con la
guerrilla o con los paras. O, por supuesto, empleo ilícito con los narcocultivos:
el mayor rubro del intercambio comercial entre Colombia y los Estados Unidos,
que sin embargo, paradójicamente -hipócritamente- está por fuera del acuerdo
bilateral que propone o impone el señor Zoellick.
Porque el campo es un tema político, no meramente económico (aunque, claro,
la economía es política). Y lo que hay que hacer es cuidarlo y protegerlo,
subvencionándolo si es necesario, como hacen todos los países ricos (Estados
Unidos, la Unión Europea, el Japón), que por eso mismo -entre otras cosas- se
han hecho ricos. Han entendido, ellos sí, que la salud del campo es una
necesidad estratégica de seguridad nacional y de soberanía: un país incapaz
de alimentarse a sí mismo es un país de rodillas. Hace ya más de una década
que Colombia, por darle la espalda al campo, pasó de ser exportadora a ser
importadora de alimentos, y no hay duda de que ahí está una de las raíces
principales de nuestra creciente miseria y nuestra creciente violencia. Un
tratado de comercio que termine de arruinar al campo tendrá consecuencias
verdaderamente catastróficas en eso que el señor Zoellick llama "lucha
antiterrorista".
Pero si el campo va a ser la primera víctima del señor Zoellick no va a ser
la única: no se me ocurre qué industria colombiana podrá soportar la competencia
en igualdad de condiciones -es decir, sin protección- con sus equivalentes
norteamericanas. Porque lo de "igualdad de condiciones" es,
naturalmente, una falacia, dadas las abismales diferencias de infraestructura
que existen entre los dos países. Ni siquiera resignándose a mantener para
siempre salarios de miseria -y el necesario ejército de reserva de
desempleados- podría la industria colombiana mantener una ventaja
comparativa. Es porque saben eso perfectamente que los países ricos, a la vez
que les imponen a los pobres el desmantelamiento de sus medidas arancelarias
y proteccionistas, mantienen un pujante proteccionismo para ellos mismos.
¿Para qué seguir? Desde los tiempos remotos de los fabulistas griegos se ha
sabido de sobra que no se pueden establecer acuerdos bilaterales entre el
león y el cordero. Porque el cordero termina siempre en la barriga del león.
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