Pasado, presente y futuro de la agronomía y el sector agropecuario en los tratados de libre comercio

 

por Ángel María Caballero

 

Ponencia presentada en el Foro realizado por

 la Asociación Colombiana de Ingenieros Agrónomos,

 en Bogotá, el 24 y 25 de noviembre de 2004

 

 

Felicitamos a todos los colegas por su aniversario de los 90 años de esta sufrida profesión. El ingeniero agrónomo, a pesar de ser parte de la columna vertebral del campo colombiano, no ha sido apreciado por los agricultores, con la complicidad nuestra, las transnacionales y los diferentes gobiernos, que no han diseñado políticas para el desarrollo integral de la profesión, provocando un canibalismo tarifario que demerita nuestro trabajo, aumentando los problemas fitosanitarios donde no se prestan nuestros servicios, lo cual ha permitido que esta labor no tenga el reconocimiento que merece. Algo parecido sucede con las instituciones del Estado que prestaban apoyo al sector agropecuario y que se han desmantelado sin prisa pero sin pausa, casi desde finales de la década de los 80, cuando llevaron hasta la extinción a instituciones tan importantes como el Idema y el ICA. Instituciones y programas de apoyo que sí mantienen los países con los que debemos competir en los diferentes tratados comerciales que se están negociando.

 

Practiqué la agronomía en la década de los 70, como muchos de ustedes, siendo asistente técnico en el departamento del Tolima, y como empresario he trabajado siempre de la mano con las comunidades indígenas y del sector agropecuario, para afrontar los grandes retos y amenazas que asedian al campo colombiano. Así estuve en la defensa del río Saldaña contra la explotación aurífera por parte de Mineros de Antioquia, en Ataco, y la construcción de la prensa en cubos de baja cabeza, lo que evitó la pérdida de la cosecha de los arroceros de Usosaldaña en 1997.

 

Con los usuarios de nuestro Distrito de Riego, con la Unidad Cafetera y su presidente en ese entonces, el hoy senador Jorge Enrique Robledo, y un puñado de agremiaciones agrarias organizamos en abril de 1998 la Asociación Nacional por la Salvación Agropecuaria, que tiene como única meta la defensa de la producción nacional y sus empleos, y hemos llevado a cabo grandes movilizaciones contra las importaciones de arroz y los productos del agro, con el único propósito de revertir la lapidaria frase que casi sirve de ejemplo a nuestra organización desde su nacimiento: “En Colombia  había trigo, había soya, había sorgo, había algodón”, y poder algún día decir: “En Colombia  hay trigo, hay arroz, hay soya, hay algodón”, y que el agro colombiano sea una realidad, no una parte de nuestras nostalgias o de nuestros sueños. Desde 1999 avizoramos los peligros del ALCA, todavía no se hablaba del TLC, y emprendimos nuestra lucha contra ese proceso de recolonización.

 

Salvación Agropecuaria es una organización gremial, en ella confluyen todas las vertientes de la diversidad política existente en el país, las cuales son respetadas y oídas por igual, siempre convencidos de que con la diversidad se construye la democracia y que lo más importante es “que sea más lo que nos une, que lo que nos separa”, para que los productores y trabajadores rurales defendamos con patriotismo la verdadera reactivación económica del sector agropecuario, postrado por las políticas aperturistas.

 

Los neoliberales afirman: “El país debe importar alimentos baratos para bajar la inflación, vengan de donde vengan”. Para ellos seguridad alimentaria es “llenar los anaqueles de los supermercados con alimentos importados para los habitantes de las ciudades”. En nuestra organización afirmamos todo lo contrario: creemos que “Lo más caro para un país es lo que no es capaz de producir”, porque las importaciones por baratas que sean destruyen el empleo contrayendo la demanda y el desarrollo económico de nuestra nación, además está comprobado que los intermediarios de estas operaciones son los más beneficiados con ingentes utilidades “No hay almuerzo gratis”. Si no tenemos capacidad para producir nuestros alimentos, bienes y servicios, más adelante tendremos que comprarlos al precio que los quiera vender el mercado, y nuestro pueblo no tendrá recursos para adquirirlos como hoy sucede, siendo la mayor causa de la postración de la economía al marchitarse la demanda por falta de empleo justamente remunerado.

 

El mercado interno del país, que se negocia en el TLC, está representado en el agro por los productos de la dieta básica del pueblo colombiano, como el arroz y los demás cereales, lácteos, azúcar, oleaginosas, carnes de res, cerdo y pollo, es un mercado que mueve al año un PIB de más de 25 billones de pesos, 14% del PIB nacional, convertido hoy en gran trofeo del TLC; representa cuatro millones de empleos en nuestros campos, donde habita el 22% del pueblo colombiano, en 1.050 municipios. En nuestras comarcas rurales se desarrolla el conflicto armado que se nutre del narcotráfico y, por tanto, también tiene que ver con la seguridad nacional, motivo más que suficiente para repensar los riesgos que se corren en estas negociaciones. Apoderarse del mercado de nuestros productos básicos es para los negociadores del imperio el premio mayor, pero para Colombia representa ser o no un país libre y democrático. No podemos entregar el mercado interno, en un acuerdo comercial mal negociado; sería aumentar la pobreza y el sufrimiento del pueblo colombiano hasta límites insospechados.

 

Después de esta breve introducción, donde delineamos una parte de la diversidad de las  ideologías económicas, entramos al tema que nos ocupa: “La agronomía y los tratados comerciales en el sector agropecuario”.

 

Vemos con mucha preocupación estos acuerdos comerciales, y para hablar de ellos se debe analizar la historia del agro, lo cual haremos producto por producto a través de los tiempos.

 

 

Trigo y cebada

 

En Colombia el trigo desapareció desde la década de los 70. Llegamos a producir hasta 154 mil toneladas en el decenio de 1950 y el país era autosuficiente. Las políticas agrarias impuestas por Estados Unidos a nuestros gobiernos a partir de 1960 lo convirtieron en deficitario y hoy importamos 1.200.000 toneladas, que perfectamente se podrían producir en Colombia. La historia nos dice que por obra y gracia del libre mercado se llevaron para otros países el germoplasma (material genético), de más de 10 variedades de trigo nuestras y que el ICA y sus investigadores comenzaban en la década de los 60 a producir trigos para tierra caliente. Estos materiales se cultivan hoy en otros campos del mundo, entre ellos Estados Unidos. Se sustituyó el trigo nacional por el importado y quedaron arruinados los productores de Cundinamarca, Boyacá, Caldas, Cauca y Nariño, dejando en el abandono maquinaria, instalaciones y a miles de agricultores y sus trabajadores repletos de frustraciones.

 

A los propietarios de maquinaria en el Tolima nos tocó en la década de los 80 ir a la sabana cundiboyacense a comprar repuestos para combinadas Massey Ferguson modelo 82 y 92, que fueron importadas en la década de los 60 para recolectar trigo. Las viejas máquinas del altiplano las encontramos arrumadas a la intemperie, en potreros enmalezados que fueron antes hermosos trigales; sus dueños nos manifestaban sus amargos recuerdos, porque el trigo colombiano había sido desplazado por el norteamericano. Esas máquinas las adaptamos para arroz y todavía funcionan para la recolección de nuestras cosechas.

 

Podemos deducir que desde tiempos remotos los empresarios, campesinos y productores agropecuarios, empezamos a padecer los efectos de esta primera apertura económica. En esa época se supo de una misión norteamericana llamada Cáritas, que regalaba el trigo y la harina, y no sabíamos porque lo hacían, hasta que a punta de importaciones baratas acabaron con el cereal nacional. Posteriormente importamos el trigo integral, luego la harina de trigo y hoy también el pan Bimbo, del consorcio méxico-norteamericano, que completa la destrucción de la cadena, afectando al pequeño panadero que no puede competir con la economía de escala de los grandes consorcios. Lo poco que queda de este cultivo en Nariño y Boyacá, fue entregado, lo mismo que la cebada, la soya, el algodón, el sorgo y otros, en la penúltima ronda del TLC en Tucson Arizona, en el mes de noviembre. Los califican como “no sensibles” para el país. ¡Qué absurdo!

 

Nación pequeña que cree poder entrar en las grandes ligas del comercio a abrir sus mercados sin tener preparación y competitividad, y sin el apoyo generoso del Estado a sus productores, es arrasada, como fueron arrasados los cultivos de trigo y cebada en la década perdida de los 60.

 

En nuestra memoria viven estos hechos como un recuerdo del pasado, que los productores rurales no debemos olvidar porque “el que no tiene memoria para recordar el pasado está condenado a padecerlo”. La historia del trigo se empieza a replicar en el TLC con el arroz y con los demás productos de la dieta básica del pueblo colombiano. Una gran empresa como Bavaria, que se nutrió de nuestros campesinos cundiboyacenses, antes los mayores productores de cebada y por decenas de años los más grandes consumidores de cerveza, les dio la espalda importando la cebada y desplazando el producto nacional, porque la conseguía más barata debido a los grandes subsidios que dan los países industrializados a sus productores. El año pasado en los 29 países más ricos de la tierra, agrupados en la OCDE, los subsidios llegaron a 318 mil millones de dólares, situación que hasta el propio ministro de Agricultura denuncia ambiguamente en todos los foros, subsidios con los cuales no podemos competir. Esto sería motivo principal para excluir el arroz y casi todo el sector agropecuario de las negociaciones del TLC.

 

 

El arroz en las negociaciones del TLC

 

El último editorial de la revista Fedearroz muestra la desilusión y el desconcierto del gerente general de esa Federación, cuando afirma categóricamente que nos esperan   tres escenarios con el TLC: “El primer escenario posible es que al arroz como a cualquier otro producto se le otorgue un período de desgravación para alcanzar el libre comercio en 10 ó 15 años, en este primer escenario todos los actores de la cadena arrocera colombiana estarán liquidados en 10 ó 15 años. En el segundo escenario puede ser que el país empiece a recibir arroz blanco empaquetado en bolsitas transparentes con algunas leyendas en inglés,  en  el  mediano  plazo   protegido con un  pequeño arancel de las franjas de precios para compensar en una pequeña proporción los abultados subsidios que el gobierno americano  otorga a  sus  productores y a los exportadores del  grano. Algunos productores, algunos industriales y algunos comerciantes sobrevivirán a expensas de pírricos márgenes. Y un tercer escenario en el que se busque un verdadero mecanismo de protección que compense plenamente los subsidios concedidos tanto a la producción como a la exportación del arroz por el tiempo que sea necesario hasta que el precio de exportación de este producto refleje los costos de producción y las verdaderas ventajas comparativas de los países; este nos dará tiempo y espacio para que los productores podamos seguir mejorando nuestro nivel tecnológico, para que la industria reafirme su voluntad para invertir en el país, para que el mercado mejore las imperfecciones y para que el consumidor también pueda verse favorecido por estas nuevas tendencias del mercado”. Compartimos la preocupación de Fedearroz, pero todavía nadie nos ha explicado cómo mejorar nuestro nivel tecnológico para producir arroz paddy a 50 mil pesos carga en un TLC o en el ALCA y lograr la competitividad tan anhelada por el Gobierno, si los subsidios en Estados Unidos para el arroz en el año 2003 fueron de 1.270 millones de dólares y el valor de la producción del cereal de este país  fue de 1.300 millones de dólares. Como está planteada la desgravación arancelaria a largo plazo, por sí sola no da competitividad y más temprano que tarde correremos la misma suerte de México en el Nafta o de los países Centroamericanos en el Cafta, donde se está llevando el cultivo casi a su extinción.

 

Estados Unidos ratificó que los subsidios internos se negociarían en la OMC, por lo cual creemos que la suerte de este producto se definirá como sucedió en el Cafta en Centroamericana, donde el arroz los desgravaron a 15 y 18 años y ya se perdió más de 70% de la producción arrocera en los primeros años; en Costa Rica se pasó de 80 mil a 15 mil hectáreas de arroz (el molinero más grande se quedó con esas tierras); en el Nafta, México pasó de 300 mil a 40 mil hectáreas de arroz, aumentando las importaciones de 200 mil a 800 mil toneladas, y también perdió carne, maíz, café y azúcar. En enero de 2003, a los 10 años de firmado el tratado, se habían dejado de cultivar 6 millones de hectáreas; mientras tanto el país “campeón” del libre mercado Estados Unidos, redujo el precio del cereal en los últimos 6 años el 51% e incrementó los subsidios en un 80%. La asimetría de las economías es de tal magnitud que queda plasmado en las siguientes cifras, el presupuesto nacional de Nicaragua el año pasado, fue de 900 millones de dólares, luego es “pelea de toche con guayaba madura”.

 

Sin firmar el TLC, los colombianos ya estamos perdiendo porque en las postrimerías de la administración Gaviria, Colombia firmó en la OMC que a partir del 1 de enero de 2004, el Ministerio de Agricultura no podría fijar precio para las cosechas en Colombia y debía entrar al libre mercado con importaciones por subastas, lo cual tuvo como consecuencia que en diciembre del año pasado diseñaran a las carreras un nuevo mecanismo llamado “Contingentes Arancelarios” o “Subastas Agropecuarias”, que para el caso del arroz y cereales quedó reglamentado así:

 

 

1.     Exista o no arroz en Colombia, cada año obligatoriamente fijarán un contingente de importaciones de 75 mil toneladas de paddy seco o su equivalente en blanco.

 

2.     La importación adicional a esta cifra será concertada en el Consejo Nacional del Arroz, el cual es manipulado por la molinería que maneja las estadísticas de consumo y producción al igual que los precios de paddy, con el único propósito de justificar las importaciones y en su gran mayoría con la complacencia del Ministerio de Agricultura y de una parte de los integrantes del concejo; la importación es aprobada con un arancel bajo, y el beneficiado por cada tonelada importada deberá comprar alrededor de 4 ó 5 toneladas de la cosecha nacional, pero no se le obliga a pagar al productor ningún precio para la compra de la misma, sino que recibe como premio un incentivo al almacenamiento subsidiado por el Estado, para almacenar el arroz mientras pasan los tacos de cosecha. Este incentivo es libre disposición del importador tomarlo o no. Este año la gran molinería no lo tomó y fue el origen de la catástrofe arrocera, lo cual muestra la imperfección del mecanismo.

 

3.     Indudablemente el mecanismo no funciona porque la industria molinera impuso su posición dominante, al fijar los precios a su antojo, siempre en contra de los productores. Estas importaciones, en cantidad de 100 mil toneladas de arroz tailandés y 200 mil de Venezuela por Pacto Andino y de contrabando, causaron la gran ruina este año para el sector arrocero en Colombia. El arroz tailandés entró con un arancel de 20% y el venezolano con 0% de arancel, afectando el mercado nacional con precios inferiores entre 15 y 25%. El caso de Venezuela en competitividad es patético con la bonanza petrolera, pues trabajan con agroquímicos más baratos que Colombia, hasta en 50% y por ley presidencial fueron excentos de impuestos de renta e Iva por un año, además triangulan de contrabando arroz de terceros países, lo cual es de conocimiento del mismo Gobierno y hasta de la misma población. Esta experiencia nos dejó lecciones amargas al no existir ningún control en frontera por parte del Gobierno, ni tener nuestro arroz competitividad con el venezolano y, para completar la película, nos informaron que la mayoría de los agroquímicos con los que trabajan en Venezuela son fabricados en Colombia.

 

Todo lo anterior dio como resultado la Marcha por la dignidad arrocera realizada el 19 de octubre de 2004, que se llevó a cabo con la participación de los productores  del Tolima, Huila y Meta, en la cual se comprometió el Gobierno nacional a no importar arroz en el 2005.

 

4.     A pesar de lo malo del “Mecanismo de Contingentes Arancelarios” para la producción nacional y de los desastres que nos causó, no ha sido aceptado por los negociadores gringos en el TLC. Igual sucede con las franjas de precios, que es la única defensa para el sector agropecuario nacional. El mecanismo de contingentes arancelarios no es nuevo y ya fue aplicado en Honduras y Nicaragua en el Cafta, con resultados nefastos para los productores de arroz. Sin embargo lo peor está por venir, ya que los negociadores del Gobierno en reunión del 16 de diciembre de 2004 en Bogotá, para exponer el estado de las negociaciones, afirmaron: Que se está estudiando un “mecanismo de salvaguardias arancelarias” por parte de los negociadores nuestros, que debe reemplazar al de “franjas de precios” que defiende la producción nacional de las importaciones, por uno nuevo, que denominan con una palabreja ambigua llamada “requisitos de desempeño”  y con la novedad que en el TLC a los importadores no se les obligará a la compra de cosecha nacional, es decir, “cualquier mecanismo por malo que sea es susceptible de empeorar”.       

 

 

Leche y carne

 

A estos sectores les tocó recoger la quiebra del agro colombiano de la pre y postapertura. Sorgueros, maiceros, trigueros, algodoneros y cafeteros arruinados, encontraban como solución comprar ganados de carne o leche para mitigar la crisis en tameros y potreros en rastrojos. En esta forma la lechería en la década pasada, creció hasta llegar a más de 300 mil productores, la mayoría de minifundio, que hoy van a ser víctimas del TLC, pues la leche fue declarada desde la Ronda de Guayaquil como “no sensible” y se negociará en Colombia en una mesa especial. Los pequeños lecheros hoy se encuentran al borde de la miseria, con el precio congelado por las transnacionales que lo comercializan en el país a 400 pesos el litro desde hace 10 años.

 

Con el argumento que Colombia tiene excedentes de 50 mil toneladas de leche al año para exportar, las grandes comercializadoras a la cabeza de Colanta, solicitaron el libre mercado para este producto, argumentando que es competitivo a nivel nacional, lo cual no es cierto, porque Colombia  produce tonelada de leche en polvo a 1600 dólares y en el mercado internacional cuando hay sobreoferta vale 800 y 1000 dólares la tonelada. Su propósito no es el más noble, desean exportar los derivados de la leche como yogurt y quesos frescos fabricados con leche barata de los pequeños campesinos a precios de miseria e importar leche en polvo vencida o próxima a vencerse muy económica como ya lo ha hecho Nestlé, para adicionarle agua y empacarla en cajas de larga vida con jugosos rendimientos; esta situación va a terminar de deteriorar la ya menguada economía de los pequeños campesinos lecheros.

 

FEDEGAN afirma que Colombia  puede exportar competitivamente carne a Estados Unidos, los negociadores de este país dicen que las exigencias fitosanitarias lo permiten siempre y cuando la carne sea libre de aftosa pero sin vacuna, lo cual es materialmente imposible e impide el acceso de nuestra carne al mercado gringo.  

 

 

La historia se repite en cultivos tropicales con café y banano

 

En la primera parte de la década de los 90, César Gaviria aplicó la apertura económica bajando la protección arancelaria de nuestro sector, siendo ministro de Desarrollo el hoy embajador en Washington, Luis Alberto Moreno y ministro de Hacienda Rudolf Hommes, los mismos que siguen detentando el poder en la diplomacia internacional o asesorando al Gobierno. La realidad es que los favores contra la soberanía nacional son muy bien remunerados. La historia se repite. Colombia, después de perder el trigo y la cebada, liberó el mercado del café en 1989 con el rompimiento del pacto de cuotas en la OIC (Organización Internacional del Café), proceso liderado por Estados Unidos y por las transnacionales tostadoras del grano, acabando con la regulación del mercado, lo que representó la miseria para nuestros productores, porque ellas imponen precios de ruina al contar con la producción barata de países asiáticos como Vietnam, Laos, Indonesia, India, financiados por el Banco Mundial después de la guerra en la Península de Indochina. Hubo gran cantidad de préstamos en dólares para producir café barato, deprimiendo los precios que llevaron a la quiebra a 500 mil familias de productores colombianos, 90% de los cuales cultivan menos de cinco hectáreas. Precios de ruina que llegaron a menos de 60 centavos de dólar la libra, cuando el punto de equilibrio para nuestros productores es de 80 centavos, y debemos competir con cafés vietnamitas que lo producen a 20 centavos, competencia que se extendió a Brasil que también produce cafés robustas con costos similares en tierras planas y mecanizadas.

 

El café colombiano, a pesar de la calidad, no puede competir en el mercado internacional, porque es monopolizado y regulado por los grandes consorcios y tostadoras como Nestlé, General Food, Cargill y otras que mueven al año capitales superiores al Producto Interno Bruto de Colombia, dando como resultado que 90% del precio total quede en manos de estos pulpos y que sólo menos de 10% llegue al bolsillo de los productores nacionales. Cuando a un productor de café en Colombia le pagan 70 centavos de dólar la libra, en los supermercados de Miami y Nueva York una libra de café tostado se vende por encima de los 12 dólares.

 

Con los anteriores resultados, excelentes para ellos, perdimos en la década pasada también los cultivos de sorgo, algodón, maíz y soya. Pero con la complicidad de nuestros gobernantes, quieren aplicar la teoría de “las ventajas comparativas”, que es orientada por el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional con la falacia que los países deben especializarse en lo que sean capaces de producir más barato y con los más bajos salarios. Dicho en otras palabras: debemos exportar el hambre de nuestros trabajadores, y producir cultivos tropicales que ellos no pueden cultivar debido a las estaciones; por esta razón entra para firma presidencial una Ley, que en forma mentirosa afirma que estos cultivos son más generadores de empleo que los transitorios, según lo ratifica el Ministro Cano y por lo tanto quedará reglamentada la exención tributaria durante 10 años. Quieren que caigamos en la trampa de la especialización en cultivos tropicales como cacao, palma africana, higuerilla, uchuvas, pitayas, alas de mariposa, palmitos y cultivos exóticos que tienen nichos de mercado estrechos. Con esta teoría el país perderá la seguridad alimentaria, que es planteada por George Bush, así: “Que los granjeros norteamericanos produzcan la dieta básica alimenticia de la nación y que exporten sus excedentes a los países que no la puedan producir”. Lo que para ellos es una cuestión de seguridad nacional y soberanía alimentaria, para nuestros neoliberales es bajar la inflación.

 

El reingreso de Estados Unidos a la OIC no fue gratis y para nuestros cafeteros puede ser otra pesadilla, al imponernos la legalización de los cafés basura y sus mezclas en el comercio, demeritando con ello los precios de los cafés suaves. En el TLC se aprobó que se puedan importar y exportar cafés procesados, con lo cual nos llegarán cafés pasilla mezclados y de diferentes sabores, entregando el ya maltrecho mercado de nuestro grano.

 

Otro de los cultivos tropicales que sufre el vía crucis del café es el banano, cuyo precio oscila desde hace 10 años entre 3 y 4 dólares la caja de 18 kg. Manejado por Chiquita Brand, Dole, Uniban y otras transnacionales que mercadean el producto en el mundo y manipulan los precios a su antojo. En el departamento del Magdalena, a los cultivadores de banano los obligan a fumigar hasta 20 veces por cosecha, como requisito impuesto para la compra de la fruta, con agroquímicos que ellos importan y venden a altos costos. Después de que el productor entrega la cosecha al precio que define la transnacional, con altos descuentos por las tablas fitosanitarias, les dan vueltas a su antojo, y a esto lo llaman libre mercado, con ventajas comparativas incorporadas y cero rentabilidad. Los cultivos tropicales los producen los países del tercer mundo pero son controlados por los grandes conglomerados que no los pueden cultivar en sus países de origen por el clima. Estos cultivos tropicales, con superproducción mundial pues decenas de países los acogen como su salvación y tienen que competir entre sí para colocarlos para el consumo de los mismos clientes, llevan implícito el sudor y la ruina de nuestros productores. Es la resurrección de la época de la colonia.

 

 

Algodón

 

El algodón, después del tabaco, es el cultivo que mayor empleo genera por hectárea; más que el arroz, el maíz y el sorgo. Colombia  llegó a cultivar en 1977 alrededor de 370 mil hectáreas, 70 mil de las cuales fueron sembradas en el departamento del Tolima. El país exportaba la mitad de la fibra que producía. El Ministerio de Agricultura recomendó a comienzos del actual año sembrar algodón; en febrero el precio en el mercado internacional era de 80 centavos de dólar la libra, pero ya en agosto, fecha de recolección, valía 45 centavos de dólar. Los industriales, representados en Diagonal, no querían comprar la cosecha del interior, del semestre A de 2004, pues estaban inventariados de importaciones más baratas, del orden de 30 mil toneladas, y le replicaron al Gobierno manifestando que en el TLC no podían competir con algodones de 80 centavos de dólar cuando la competencia asiática los compraba a 45 centavos, y que ellos, además, tendrían en el año 2005 la competencia de las confecciones chinas y centroamericanas. El Gobierno entregó entonces subsidios por 45 mil millones de pesos para poder cumplirle a los algodoneros el precio de cuatro millones de pesos la tonelada de fibra, y el ministro Cano, en junio de este año, entre sorprendido y despistado, manifestó en El Espinal: “El único problema que tiene Colombia con el cultivo de algodón es que el valor de la producción de esta fibra en Estados Unidos vale 3.200 millones de dólares y los subsidios valen 3.600 millones de dólares, lo que quiere decir que valen más los subsidios que la producción. Ellos pueden vender algodón entre 30 y 80 centavos de dólar la libra, nosotros lo producimos a 60 centavos y nuestros productores recuperan los costos de producción con tres toneladas por hectárea, las cuales sin riego son difíciles de recolectar; luego es un cultivo que en un libre mercado no puede competir sino con subsidios del Estado”. Igual pasará con la mayoría de los productos de la canasta básica familiar en un mercado abierto; de lo anterior nace la imperiosa necesidad de excluirlos de las negociaciones del TLC, lo cual se debió hacer al comienzo del proceso, cuando Estados Unidos manifestó que no negociaba los subsidios en el TLC sino en la OMC (Organización Mundial de Comercio). Sin embargo, a pesar del discurso del Gobierno a favor del algodón, declarándolo cultivo estratégico no solo por los empleos que genera en el agro sino en la industria, ya fue entregado en el TLC como producto no sensible en el mercado internacional y quedó para negociarlo en la próxima ronda de enero de 2005 en Colombia. 

 

 

Maíz – ICA - Corpoica

 

El país pasó de importar 400 mil toneladas a principios de la década de los 90, a 2.500.000 el año pasado. ¿En qué parte de Colombia no se puede producir maíz? Desde el nivel del mar hasta en los páramos, era el pan de nuestros antepasados indígenas. Hoy la arepa está desplazada por el pan fabricado con trigo importado; de este cultivo también se llevaron el germoplasma y cuando nuestros científicos duraron más de 40 años investigando estos cereales, sin causa justificada desmontaron la investigación en el ICA, que era orgullo nacional en trigo, maíz, sorgo, soya, algodón y arroz. Y al ICA lo dividieron en ICA y Corpoica, entregada esta última a las transnacionales que hoy no hacen investigación, y redujeron el ICA a la sanidad vegetal del sector. La función principal de Corpoica hoy es la transferencia de los paquetes tecnológicos que importan las transnacionales. Parece mentira, pero se habla también de desmontar el Invima para que en el país no haya ningún control de calidad a las mercancías importadas. La privatización de todo lo que sea público sigue de moda, con el único fin de entregar la producción y el empleo bien remunerado a los extranjeros, y con este saqueo ya piden en el TLC que se les dé trato de nacionales, algo completamente diferente a lo que les sucede a nuestros compatriotas en el extranjero.

 

 

Transgénicos

 

El Ministerio de Agricultura está imponiendo a ultranza los cultivos transgénicos. Lo malo de la ciencia es que no se desarrolle en nuestro país. No podemos combatir estos paquetes tecnológicos per se, pero criticamos que nuestras universidades no dispongan de equipos y presupuesto para impulsar la investigación. Establecer un instituto de investigación científica con los equipos básicos para desarrollar variedades transgénicas adaptadas a las condiciones ambientales tropicales de Colombia tiene un costo mínimo de cinco  millones de dólares. Por ejemplo, entender como se lleva a cabo la modificación genética que conlleva a la resistencia innata, de la nueva variedad de soya transgénica al ingrediente activo del glifosato, o aprender como mediante la transformación genética se logró un maíz transgénico resistente a lepidópteros, gracias a la integración de una enzima perteneciente a la bacteria Bacillus thuringiensis en la célula del maíz para que estos mueran al ingerir sus hojas. Y para poder juzgar si estas nuevas tecnologías tienen efectos secundarios o no sobre el organismo humano, los animales o el medio ambiente. Debemos exigir al Estado, soluciones para los problemas de atraso e ignorancia con procesos de investigación desarrollados por nuestras universidades y la recuperación de nuestros centros de investigación; de lo contrario el futuro de los agrónomos con el ALCA y el TLC será cargar las maletas a los funcionarios de las transnacionales para aplicar estos paquetes tecnológicos de ingeniería genética que vienen. Nos parece improcedente importar materiales transgénicos y biotecnologías desarrolladas para otras latitudes, negando a nuestras instituciones la posibilidad de desarrollar programas de investigación autóctonos, y en adición creando el grave riesgo de importar problemas fitosanitarios que no existen en nuestra agricultura.

 

Es vergonzoso que el presupuesto de Colciencias para el año entrante fuera rebajado a 56 mil millones de pesos, o sea, 0.025% del PIB nacional, cuando los países industrializados con los que tenemos que competir en estos tratados, invierten entre 2.5% y 4% del PIB en ciencia. Igual pasa con el presupuesto de investigación de nuestras universidades.

 

 

 

Modelo exportador

 

El ministro de Industria y Comercio, Jorge Humberto Botero, nos quiere vender el modelo exportador como el gran motor de desarrollo del país y en todos los foros lo escuchamos afirmando: “País que no aplique este modelo es país que se atrasa, que no se desarrolla”. Falta a la verdad con esta afirmación, porque los que no defienden la producción nacional son los que nunca salen del subdesarrollo. Las naciones más industrializadas, como Alemania, Japón y Estados Unidos, entraron en el modelo exportador después de haber desarrollado su mercado interno, haber educado a su pueblo e impulsando la investigación y las ciencias hasta conseguir un gran poder tecnológico. Estados Unidos  fabrica tractores y combinadas desde 1930 y actualmente fabrica tractocarros para explorar la luna, nosotros todavía no fabricamos ni los unos ni los otros.

 

Hay países de África más pobres que Colombia y exportan 90% de su PIB, porque son exportaciones de productos primarios sin valor agregado, que no generan riqueza por los precios bajos a que los compran las transnacionales. En estos planteamientos queda plasmada la falacia del modelo exportador, aplicado por el FMI (Fondo Monetario Internacional) para los países más pobres con alto índice de endeudamiento y pobreza.

 

 

ALCA, TLC, ATPA y Atpdea en los tratados comerciales

 

Entrando ya en el origen y causas de estos tratados comerciales, George Bush, padre, planteó el ALCA a principios de la década de los 90, como producto de los buenos resultados del libre mercado para su país y señaló que era un proyecto que iba a revolucionar y desarrollar las economías de la América desde Alaska hasta la Tierra del Fuego, en la Argentina, y que beneficiaría e integraría a 800 millones de personas de 34 países, con un PIB total de 14 billones de dólares. El proceso de discusión del ALCA comenzó a avanzar hasta hace dos años, y por un gran obstáculo en el camino se detuvo temporalmente, ya que Brasil y Venezuela le dijeron a Estados Unidos que ellos negociaban el acuerdo pero si Estados Unidos eliminaba los subsidios a sus agricultores, e hicieron introducir el capitulo del sector agropecuario, que no figuraba, que además no cederían nada en propiedad intelectual porque se afectaría la salud de los más pobres y que no negociaban las drogas y agroquímicos genéricos, ni patentaban la biodiversidad. Tenían toda la razón porque los subsidios en el país del Norte pasaron de 120 mil a 180 mil millones de dólares para 6 años, a partir de octubre de 2003, en plenas negociaciones del ALCA. Por cada dólar que invierte un agricultor norteamericano, el Estado le regala 60 ó 70 centavos de dólar.

 

El fracaso en las negociaciones del ALCA llevó a Estados Unidos a firmar gran cantidad de acuerdos bilaterales como el TLC, para no quedar rezagados respecto a la Comunidad Económica Europea que integró 25 países de la región con una única moneda y sin visas, con permisos de trabajo, algo completamente diferente al TLC, donde no hay negociación de visas ni movilidad laboral, la cual existe únicamente para ellos. Una vez firmado este tratado, supuestamente el año entrante, el Tío Sam continuará las negociaciones del ALCA.

 

Después de seis rondas en las negociaciones del TLC, se encuentra virgen el tema del sector agropecuario, igual que la propiedad intelectual, donde se incluyen los agroquímicos y drogas genéricas. Hasta ahora no ha sido aceptado nada por los negociadores gringos, y en los nuestros no existen sino ilusiones y esperanzas. Quedan dos rondas, una en Colombia a finales de enero y otra en Washington, en febrero o marzo, según lo anunciado. El gobierno colombiano afirma que en Tucson, Arizona, se desempantanaron las negociaciones del sector agropecuario al aprobar que se separaran los productos sensibles de los no sensibles, para comenzar a negociar producto por producto. Dentro de los sensibles quedaron el arroz y el maíz, lo que para nosotros no es ningún avance. El hecho de quedar estos productos para la última ronda nos trae un mal presagio, ya que Estados Unidos solicitó en la ronda de Guayaquil medirnos la camisa del Cafta (TLC con los países centroamericanos) y tomarlo como modelo a imitar. En este tratado se firmó que la desgravación del arroz sería entre 15 y 17 años, pero en los primeros años las importaciones en la región llegaron a 400 mil toneladas, eliminando el 50% de la producción arrocera de países como Honduras, Costa Rica y Nicaragua. Creemos que en estas negociaciones se va aplicar el modelo centroamericano y luego los del Gobierno nos tratarán de convencer al final de la entrega de que esta desgravación diferida a largo plazo era lo mejor para el país, porque de lo contrario perderíamos el Atpdea. Sin embargo, la situación será peor para los que fueron considerados no sensibles, que serán negociados a finales de enero en Colombia, entre los cuales quedaron soya,  carne, fríjol, algodón, papa y aceites vegetales, la leche quedó para negociarla en Colombia  en una mesa especial. La lectura que se da a esta categoría es que son competitivos en un libre mercado, lo cual no es cierto y debería ser la manzana de la discordia para no firmar el TLC. Estados Unidos no ha cedido nada en Tucson y continúa con las mismas exigencias que ha recitado desde el primer día, persiste en eliminar nuestras franjas de precios y en sostener sus salvaguardias sanitarias y fitosanitarias, lo cual impide el acceso de nuestros productos al mercado gringo.

 

El arribo de George Bush a Cartagena fue el último desengaño para los ilusionados con un buen arreglo en el TLC. Cuando le trataron el tema sólo dio a entender: “Ustedes fueron los que lo pidieron, ahora quieren que se les excluya todo, que se les trate con cuidado su sector agropecuario”. Lo que sí quedó claro, es que él no desautoriza a los negociadores de su país, ni al Congreso Norteamericano, que impone las pautas de la negociación por anticipado. Para dar un ejemplo, en el tema de las salvaguardias sanitarias y fitosanitarias, cualquier modificación que se quiera hacer debe ir con 6 meses de anticipación al Congreso Norteamericano, así el Gobierno de Colombia nos quiera hacer creer lo contrario. Por tanto, las exportaciones de mango, uchuva, carnes y lácteos están condicionadas a las negociaciones de las salvaguardias mencionadas anteriormente. Lo contrario sucede con el Congreso de Colombia, que una vez firmado el tratado, lo toma o lo deja sin poderlo modificar. Este es el nuevo escenario en el que nos moveremos el año entrante, después de la firma del tratado. Por ello las gentes del sector agropecuario tendrán que movilizarse en todo el país para evitar la aprobación del TLC, presionando al Congreso de la República, y de no lograrlo ir a la Corte Constitucional, porque se violan los artículos 64 y 65 de nuestra Constitución. Pero la clave está en lograr grandes movilizaciones.

 

De lo anterior se deduce que no hay todavía una luz en el oscuro túnel y, además, en propiedad intelectual no se ha negociado nada y lo quieren todo, desde la ampliación del periodo de las patentes, pasando por patentes de segundo uso y de la biodiversidad, hasta la eliminación de drogas y agroquímicos genéricos. Se comenta que el Gobierno ya cedió al reconocer el tiempo que demora Invima para hacer los estudios, ampliando este periodo de gracia en la duración de la patente. Parece que esto se tramita como información reservada, dentro de la cláusula de confidencialidad de las negociaciones, impuesta por los norteamericanos al comienzo de la negociación.

 

Bush padre, a principios de la década de los 90, aprobó el ATPA, tratado de preferencias arancelarias que nos permitía exportar a Estados Unidos cinco mil géneros y especies de productos sin aranceles, a cambio de la eliminación de los cultivos ilícitos en Colombia. El año pasado Bush hijo lo renovó llamándolo Aptdea, que hoy Estados Unidos lo condiciona no solamente a la eliminación de los cultivos ilícitos sino a la firma en las negociaciones del TLC. Con el ATPA las exportaciones a Estados Unidos llegaron en esa década a 5.700 millones de dólares al año, 75% de los cuales fueron materias primas (carbón, café, banano, petróleo, flores) y menos de 20% fueron productos procesados. ¿Porqué no se incrementaron más las exportaciones de confecciones y manufacturas, cuando tuvimos la oportunidad de hacerlo en la década pasada? Sin embargo, las exportaciones de productos procesados no llegaron a más de 700 millones de dólares al año.

 

Con datos y hechos como los mencionadas anteriormente, ¿se justifica arriesgar en un TLC el empleo del sector agropecuario nacional, cuando nuestro mercado interno anualmente vale más de ocho mil millones de dólares? Nos venden la idea de que el modelo exportador per se, lleva a los países al pleno empleo y al desarrollo. Pero ya señalamos que algunos países de África, más pobres que Colombia, exportan más de 93% de su PIB, como Guinea y Angola, por lo cual creemos que no se justifica imitar su desarrollo social y económico. Si exportamos materias primas e importamos los productos de nuestra dieta básica, quedaríamos peor que en la década pasada, donde le fue mal al sector agropecuario porque pasamos de importar 600 mil toneladas a siete millones de toneladas de alimentos, que perfectamente se pueden producir en Colombia.

 

Pero si a nuestro sector le fue mal, con crecimiento de 7% entre 1993 y 1999, o sea, 1% anual, al sector industrial le fue peor en el mismo periodo, pues decreció 6%; la deuda externa de Colombia  entre 1992 y 1998 pasó de 17 mil a 36 mil millones de dólares; el déficit acumulado de la balanza comercial entre 1993 y 2000 fue de 20 mil millones de dólares; los impuestos pasaron de 7.85% a 13.36% del PIB entre 1990 y 2002; vamos para la cuarta reforma tributaria en los últimos dos años y el índice de pobreza llega a 60%; el crecimiento de la economía nacional estará en el año 2004 alrededor de 3.3%, inferior al de países como Ecuador, Perú, Bolivia y Nicaragua. Si en la apertura de Gaviria nos fue mal, con pérdidas de 1 millón de hectáreas entre cultivos transitorios y permanentes, en el TLC nos irá peor, con una agenda interna tardía que hasta la presente no se ha terminado de elaborar y en su diagnóstico ni siquiera mencionan los puntos vitales para desarrollar la competitividad del sector agropecuario. El único sector que creció en esa década además del lechero, fue la palma africana en 150 mil hectáreas, y hoy creen que los deben excluir del TLC porque su producto no tiene comercio en Estados Unidos.

 

 

Agenda interna

 

Como gran solución a la posible entrega del sector agropecuario aceptando la desgravación arancelaria a 10 o más años, que nosotros denominamos “quiebra diferida a mediano plazo”, nos proponen una agenda interna de competitividad después de la firma del tratado, en marzo o abril de 2005, que consiste en 2.500 km de vías y el túnel de La Línea, que ¡Claro!, los deberemos pagar los usuarios, pues en su gran mayoría se construirán por concesión, y hay quienes afirman que gran parte de estas vías no tienen que ver con TLC por los sitios escogidos, los cuales en una buena parte fueron seleccionados a dedo en las regiones por los políticos afectos al gobierno. Lo anterior no quiere decir que estemos en desacuerdo con el mejoramiento de la red vial y con la ampliación de puertos y aeropuertos, pero  brillan por su ausencia en dicha agenda temas tan importantes como las tasas de interés, que en Estados Unidos  son de 2% anual; tampoco está el control al costo de los agroquímicos, que en Colombia  incrementan su precio entre 10% y el 25%, mientras en Estados Unidos viven congelados. A nosotros antes nos decían que se incrementaban por la devaluación en la moneda, hoy con revaluación de 15% siguen incrementando sus precios. El ministro Cano lleva dos años haciéndonos creer que esto no tiene que ver con la cartera de Agricultura y que ya notificó al Ministerio de Industria y Comercio. Igual pasa con el doctor Álvaro Uribe, quien en todos los consejos comunitarios los agricultores y ganaderos se lo recuerdan. Los altos intereses a los productores y la revaluación son dos factores que afectan la competitividad en 25%, igualmente la inflación más la revaluación afectan la misma en un 21%, dando el último factor pérdidas para nuestros exportadores en el transcurso del año de 3,2 billones de pesos.

 

Tampoco mencionan los subsidios de 70% o más a los productores norteamericanos; ellos pueden producir arroz a 199 dólares la tonelada y venderlo en el mercado internacional a 140 dólares, el arrocero más competitivo de Colombia de la meseta de Ibagué que produce 10 toneladas por hectárea tiene como costos por tonelada 220 dólares. En los distritos de riego de Estados Unidos el Estado subsidia el valor del agua; las tarifas de energía y transporte de cosechas son 50% más costosas en Colombia; la maquinaria agrícola la fabrican y el Estado subsidia con tasas de interés de 3% anual el pago de la misma. En todos los estados arroceros de Estados Unidos, trabajan con más de 20 variedades de arroz y tienen rotación de cultivos con soya, maíz, sorgo, algodón. Nosotros, desde la apertura de Gaviria, perdimos esta posibilidad y trabajamos antitécnicamente encareciendo los costos de producción y empobreciendo los suelos, ya que el arroz, por la protección arancelaria que existió, fue el único cultivo que sobrevivió en aquella época al libre mercado y al huracán de la apertura.

 

Para nuestro sector agropecuario, sin mencionar los problemas de orden público, los puntos anteriores son la cuota inicial para una verdadera agenda interna de competitividad, pero el gobierno los ignora, ni siquiera los menciona y quiere que todo el esfuerzo de la realización de esta agenda sea costeada en su mayor parte por el sector privado, lo cual no tiene ninguna presentación y nos hace sentir la ausencia del estado para defender la soberanía alimentaria que descansa en el mercado interno.

 

Se requiere entonces, moldear el más amplio y democrático movimiento de unidad y resistencia nacional de todos los sectores de la producción no solo agropecuaria, sino industrial, intelectual, cultural, de usuarios de servicios públicos, etc., para impedir que cristalicen los afanes de recolonización que desvelan a las multinacionales, con la complacencia de los vendepatrias criollos y encaminarnos a la reconstrucción de nuestra nación sobre la base de dignas y justas relaciones internacionales.