EL CAFÉ Y LOS SUBSIDIOS AGRÍCOLAS
Eduardo Sarmiento Palacio
Análisis



En las últimas semanas tuvieron lugar las reuniones en Cartagena y Cancún.
En los dos foros, los países en desarrollo expresaron quejas por el
deterioro en la agricultura y les solicitan el apoyo a los países
desarrollados.

Durante muchas décadas el café operó dentro del pacto mundial, que es un
mecanismo para regular la oferta. Como el café es un producto altamente
inelástico, la reducción de la oferta eleva los precios y los ingresos de
los productores.

Infortunadamente, ese principio tan elemental no lo entendieron los
economistas neoliberales. Encabezados por Hernán Echavarría y Fernando
Londoño Hoyos, montaron un arsenal contra la intervención en el mercado y
crearon la ficción de que su eliminación propiciaría una competencia que
aumentaría la eficiencia de la producción y liberaría las áreas para otros
cultivos. Los resultados fueron diametralmente opuestos. El desmonte del
pacto precipitó la caída de los precios, la contracción del área que no ha
sido empleada en otras actividades y el empobrecimiento del sector. Luego de
que las zonas cafeteras representaran las regiones de mayor progreso y
equidad del país, hoy en día están convertidas en cinturones de pobreza.

Algo similar sucedió con los subsidios agrícolas. Las subvenciones a los
cereales en los países desarrollados se justificaban sobre la base de que
abarataban los precios del consumidor y propiciaban la aparición de otros
cultivos que podían ser elaborados a menores costos y con una mayor
intensidad de la mano de obra. Así, mientras los países desarrollados
elevaban los subsidios a la agricultura, los países en desarrollo procedían
a bajar los aranceles. En Colombia significó la entrada masiva de productos
transitorios que no fueron sustituidos por los cultivos tropicales. Como
consecuencia, se perdieron 600 mil hectáreas, la participación del sector en
el PIB bajó a la mitad y la pobreza se disparó por encima de 80%.

En la reunión de Cancún quedó al descubierto que los subsidios a la
agricultura son parte de una política nacional que los países desarrollados
no están dispuestos a sacrificar. En la práctica es un medio para elevar los
ingresos de los sectores más pobres, que tienen una gran influencia
política. Así, con un subsidio de 1% del PIB se eleva en 50% el ingreso de
los agricultores que irradian zonas que tienen una incidencia electoral de
más de 10%. En el fondo es una decisión a favor de los pobres de los países
desarrollados a costa de los pobres del Tercer Mundo.

Curiosamente, los líderes y los economistas de América Latina no entienden
lo que pasó. Tanto en el caso cafetero como en los subsidios agrícolas,
estamos ante el incumplimiento de la teoría de ventaja comparativa y de la
competencia en sectores expuestos a limitaciones de la demanda. En lugar de
aceptar estas realidades y plantear un esquema de conjunto, han salido a
pedirles a los consumidores de café que compren el producto por encima del
precio de oferta y demanda y a solicitarles a los países desarrollados que
desmonten los subsidios agrícolas. Pretenden que los demás les arreglen los
desastres que ellos causaron al desmontar el convenio cafetero y los
aranceles a la agricultura.

Lo más lamentable es que al mismo tiempo los países están realizando todo
tipo de gestiones para ingresar al ALCA y conformar acuerdos de libre
comercio que están fundamentados en la misma concepción de la ventaja
comparativa que fracasó. Así, Colombia está en camino de firmar un acuerdo
de libre comercio sobre la base de que Estados Unidos negocia los subsidios
agrícolas en la OMC y el país renuncia a los aranceles. Lo cierto es que el
experimento en conjunto le ocasionará al país una pérdida del mercado
interno muy superior al aumento de las ventas externas; Planeación estima
que las importaciones crecerán el doble de las exportaciones. Si se cumple
esta predicción, en pocos años veremos a sus promotores dirigirse a los
países desarrollados a pedirles compensaciones por los estragos del ALCA y
el TLC que ellos mismos promovieron como la panacea.

El mayor avance de ambas reuniones está en el reconocimiento de la necesidad
de operar en forma conjunta para contrarrestar los poderes de los países
desarrollados. Ojalá que esta unión no sea un escenario de reclamaciones
sino que sirva para actuar en forma concreta en contra de los sesgos del
mercado. Para comenzar, convendría que el grupo avanzara en un acuerdo
mundial entre productores para regular la oferta de café, en una gestión
coordinada para compensar los subsidios con aranceles y en una integración
por bloques conformados por países similares.

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