PONENCIA DE AURELIO SUAREZ MONTOYA EN EL CONVERSATORIO SOBRE EL ALCA CONVOCADO POR EL HONORABLE CONCEJO MUNICIPAL DE PEREIRA
(Julio 28 de 2003)
El tratado, que en Diciembre de 2004 suscribirían los presidentes de 34 países de América para conformar el Área de Libre Comercio para las Américas -ALCA- no es libre comercio y es mucho más que “libre comercio”. La primera de las afirmaciones anteriores se fundamenta en la ausencia, casi por completo, de las premisas que caracterizan a la libre concurrencia. Ya Joseph Stiglitz en sus trabajos muy conocidos destaca la imperfección en general de los mercados contemporáneos como algo evidente.
En el
caso de los países que conforman el ALCA tal imperfección es abrumadora. Según
el valor del Producto Interno Bruto total del conjunto de esas 34 naciones,
para 2002, Estados Unidos fue el 78,7%,
Brasil fue el 6% y Canadá el 5,5% y los
otros 31 países, entre todos, apenas sumaron el 9,8% restante. Colombia, aunque
ocupe el sexto lugar, no es ni un dólar de cada cien de los que se producen
anualmente en el Continente. Estados Unidos es , así mismo , el 63% de las
importaciones, el 55% de las importaciones y , en términos de consumo es, con
un ingreso por habitante que septuplica al de México, decuplica al de Brasil y
es más de 15 veces el de Colombia, el centro de las compras hemisféricas.
Finalmente por cada dólar que Colombia vende en el exterior Estados Unidos
vende 150.
Esa
desigualdad inmensa, que los economistas
de moda llaman con tibieza “asimetría”,
y que es todavía mayor para otros países en peores condiciones que Colombia, a
los cuales no los salvarán ni las hipotéticas consideraciones especiales para
las economías más pequeñas, permite concluir que sin lugar a dudas el ALCA
consagrará, por lo ya expuesto, el predominio económico norteamericano bajo un
esquema de eliminación de barreras mercantiles, lo cual en tan nefastas
condiciones será precisamente la negación de la libre competencia. Se trata
entonces de una apertura completa y más amplia que la de los últimos doce años
y, por tanto, sus terribles consecuencias tendrán una escala superior de
gravedad. Con sobrada razón un campesino antioqueño lo bautizó
“ALCAído...caerle”, aunque los costeños también se refieren a este acuerdo como
“ALCArajo... el caído”.
Dentro de
las secuelas previstas hay una que se oculta
detrás de la hegemonía gringa. Cuando se analiza el comercio exterior
estadounidense, se encuentra que, en primer lugar, adquiere recursos naturales,
como petróleo, cobre, carbón, aluminio y estaño, y frutos tropicales como café,
banano, cacao, azúcar de caña y flores, frutas, follajes y forestales
tropicales, entre otros. Es decir, productos que elaboran y exportan las tres
cuartas partes de los países signatarios del acuerdo. Estados Unidos tendría a
su completa disposición una amplia gama de proveedores que competirán entre sí
para alcanzar el publicitado “acceso al mayor mercado del mundo”. El otro
renglón que los Estados Unidos más compra es el de los bienes de consumo final.
Vale la pena observar que tales bienes corresponden a productos fabricados bajo
el sistema de ensamble como en México, como las maquilas centroamericanas y,
recientemente, las mercaderías del ATPDEA. Todos ellos tienen un elemento
común: el grueso de los insumos o las partes que los componen, ha sido
suministrado por los Estados Unidos y el valor que se agrega corresponde al de
una envilecida mano de obra. En el caso de México las materias primas
semielaboradas equivalen al 97% del valor de la mercancía. También Norteamérica
provee los equipos para las labores de estas fábricas que ha montado allende
sus fronteras con el encanto de la fuerza
de trabajo barata. He aquí otra fuente de competencia entre los pobres: la
célebre competitividad regida por los bajos salarios.
En
efecto, para el caso de la industria manufacturera en 1999, el salario por hora
en Chile y Brasil era un séptimo del de Estados Unidos, el de Cosa Rica un
octavo, el de República Dominicana y el de El Salvador era un noveno, el de
Panamá, México, Colombia y Paraguay era un onceavo y el resto de ahí para
abajo. Resulta, entonces un gran negocio enviar los pedazos para que los
obreros del sur del Continente los junten a la barata. Pero resulta mejor
negocio si además rivalizan entre ellos por quién lo hace con mayores
privaciones y menores remuneraciones; en fin, por quién es capaz de aguantar
más hambre. El ALCA traerá consigo una forma especial de competencia, de las
muchas que se dan en la confrontación de la globalización, será la competencia entre
menesterosos para poder subsistir en el marco del modelo económico
norteamericano, ésta es la más dañina de las competencias.
La fuente
de inspiración de tal modelo tenía que ser las grandes firmas multinacionales
que controlan más de la mitad del comercio internacional en América. Por ello
es entendible que cuando los presidentes de América en diciembre de 1994 en
Miami ordenaron a sus ministros de Comercio Exterior poner en marcha el ALCA,
los instruyeron, como puede leerse en la respectiva Declaración Presidencial, para
que sesionaran en el marco de foros empresariales de inversión y comercio que
se adelantarían de modo simultáneo con las cumbres ministeriales. Muchos
incisos, no pocos artículos, cláusulas, ordinales y cardinales fueron
proporcionados por técnicos y abogados de las empresas multinacionales los
cuales inclusive han hecho parte de algunas delegaciones nacionales. Hoy cursa
en el Consejo de Estado de Colombia una denuncia por tal razón interpuesta por
un gremio industrial farmacéutico nacional a causa de dichos procedimientos. No
puede existir otra explicación distinta para que en el segundo borrador del
Tratado, en los varios centenares de páginas de letra menuda de la casi decena
de capítulos que lo conforman, se consignen todos los tipos de rutinas,
maniobras y operaciones mercantiles y financieras que les son propias a los
grandes consorcios internacionales y que poco o nada tienen que ver con el modo
productivo de campesinos,
microempresarios, ciudadanos del común o empresas nacionales no monopolistas. Esto
también explica, en buena medida, el secretismo y la privacidad con los cuales
se han realizado casi ocho años de negociaciones, cuyo primer borrador sólo
apareció a mediados de 2002.
De lo
anterior resulta algo inaudito: se elevará a condición de tratado
internacional, irreversible, obligatorio y controlado por comités
supranacionales, que primará sobre las legislaciones nacionales, un documento de
tales características. En el que, como se dijo, se consagran disposiciones y medidas que consultan las ambiciones
y prerrogativas de la flor y nata de la economía imperial, surtido a través de
los foros empresariales. Allí se establecen los detalles que, al fin y al cabo,
como reza Maquiavelo, es “donde está el demonio”.
Y
precisamente tal demonio es el que permite
ratificar lo dicho inicialmente: el ALCA es también mucho más que ese “libre
comercio”. En palabras recientes del canciller brasilero, Celso Amorín, puede
decirse que hay “aspectos normativos para servicios, inversiones, compras
gubernamentales y propiedad intelectual que inciden directamente sobre la
capacidad reguladora de los países.” Y estas otras, del Doctor Emilio Sardi,
vicepresidente de TECNOQUÍMICAS, son
todavía más contundentes: “En la negociación del
ALCA no sólo se está discutiendo sobre aranceles, sino sobre otro montón de
cosas. Lo que intentan estas compañías que presionan por el ALCA es montar un
andamiaje legal para restringir la competencia local y apoderarse del mercado
interno. Se están discutiendo, por ejemplo, normas sobre propiedad intelectual,
competencia, solución de conflictos, contratación estatal. Es decir, quieren revisar
todo el andamiaje jurídico e imponernos el que les da las ventajas competitivas
a sus compañías”.
Por tal razón se ha
caracterizado al Acuerdo como “una sopa de anzuelos”. El capítulo Acceso a
Mercados prescribe el libre comercio, en todas sus modalidades, tanto para las
mercancías terminadas como para las partes que las componen, para las camisas
terminadas y, así mismo, para las mangas, los puños y el cuello, es
“maquila a la carta”. El de agricultura
trata ante todo de la libre “comercialización de productos agrícolas” con lo
cual los productores quedan a merced del reducido grupo de multinacionales de
este tipo de comercio las que se moverán a sus anchas llevando de un lugar a
otro lo que más sea de su conveniencia y supeditando la producción rural a esa
tráfico con lo cual, además, las naciones correrán el riesgo de dejar producir los alimentos para su población, comprometiendo
su “soberanía alimentaria”. Lo anterior se sentirá con mayor rigor en los
países tropicales como Colombia. Las condiciones del ALCA les tienen
pronosticada una derrota fija en cereales, incluido arroz, oleaginosas, leche,
pollo y papa, entre los más destacados. Como un insulto también se anuncia
nuestro éxito en pitahaya, granadilla y uchuva, géneros laxantes, y, según
noticias de hoy en borojó y chontaduro,yuca, cacao y palma africana, estos
últimos comercializados casi por las mismas firmas que hundieron nuestro café y
que ahora, en el ALCA, dizque nos van a salvar con dichos géneros.
Del documento y de hechos
actuales ya conocidos, también se sabe que los subsidios a los productos
agropecuarios norteamericanos, pero también canadienses y aun brasileros
continuarán inmodificados y, sujetos, como reza el borrador del ALCA, a lo que
se disponga al respecto en la OMC. Este instrumento que se presenta como una
ingenua subvención o a lo sumo como una “distorsión “ comercial”, es mucho más:
es un arma estratégica de control político para derrotar la producción
alimenticia en los países más débiles, incrementando su vulnerabilidad, es
mucho más que economía, como lo dice el propio George W . Bush: “¿Pueden ustedes
imaginar un país que no fuera capaz de cultivar alimentos suficientes para
alimentar a su población? Sería una nación expuesta a presiones
internacionales. Sería una nación vulnerable. Y por eso, cuando hablamos de la
agricultura norteamericana, en realidad hablamos de una cuestión de seguridad nacional”. Los
subsidios son entonces, de verdad, “bombas inteligentes”, se pueden catalogar
como verdaderas armas de destrucción
masiva que en la última década entre nosotros ya han hecho estragos.
En los capítulos de inversión, servicios y
compras del sector público, reiterando los paradigmas del Consenso de
Washington, que consideran a la inversión extranjera como la prima donna de la sociedad, se instauran, al eximírsele de todo control aún en la forma de
“capitales golondrinas”, la especulación, con los más terríficos efectos sobre
la estabilidad macroeconómica, la rapiña por la privatización de hasta el
último nicho de inversión posible en el área de servicios y la busca de cualquier
contrato, concesión o concurso publico que le resulte atractivo.
Y, en
cuanto a los reglamentos, los de política de competencia y solución de
controversias, el cual crea un nuevo sistema jurídico en el ALCA, que empieza por otorgar carácter de sujeto en el
derecho internacional, el principal sujeto de facto, a los grupos corporativos,
un nuevo código de “economía procesal”
y “pronto arreglo”, para hacer justicia privatizada, se complementan. Ese dúo de herramientas, orquestadas en un
típico “gato por liebre”, facilita a los aprovechados del ALCA actuar con
absoluta seguridad y plenas garantías, como le fascina al señor Zoellick, el
representante comercial de Estados Unidos, quien no cesa de repetir que “el
capital es un cobarde, que no va sino donde se siente seguro”.
Finalmente,
merece especial referencia el capítulo de Propiedad Intelectual. En él, bajo
distintas formas de propiedad como patentes, marcas registradas, derechos de
obtentos, de autor y de protección especial, se crea una renta de monopolio a
los inventores. Y, aunque este mecanismo se publicita como defensa de la
invención nacional, no puede olvidarse que en este terreno sí que ocurren las
llamadas “asimetrías”. En 1996, por ejemplo, Estados Unidos tenía registradas
218.642 patentes en su sistema, el más importante del mundo y del ALCA. La IBM
registró, en 1998, 2.657 patentes, más de 7 por día calendario y las cinco
empresas más importantes del sector de biotecnología agrícola poseen de manera
directa o indirecta cerca del 50% de las patentes del sector. Estados Unidos es
el 40% del presupuesto anual mundial de investigación y desarrollo y tiene
superávit de varios miles de millones de dólares por ese concepto. Este
“invento” de la propiedad intelectual, es especialmente caro para los países de
ingreso medio y bajo en áreas tan sensible como la salud al imponerse la
propiedad intelectual por décadas sobre las fórmulas de los medicamentos para
males como VIH, cáncer, hepatitis y otros. También sobre la nutrición al
decretarse sobre las semillas y agroquímicos, la MONSANTO posee el 91% de las
patentes de la semilla de soja, y sobre el desarrollo industrial al estar
vigente para los descubrimientos
técnicos y científicos por muchos años. En el ALCA, América pobre va a ingresar
al mundo de la cotización de las rentas de monopolio así constituidas, donde se
configura el más absurdo de los mercados: una oferta única con una demanda que mientras
más consume de un bien, contrario a las leyes más elementales de la
racionalidad económica, más tendrá que pagar.
Para concluir lo que he dicho sobre
el ALCA, en lo que no es libre comercio, que sea el propio editorialista del
The New York Times del 20 de julio de 2003, quien me asista: “Al
manipular el juego del comercio global en contra de los agricultores de los
países en desarrollo, Europa, Estados Unidos y Japón están en esencia
derribándole a patadas la escalera del desarrollo a alguna de la gente más
desesperada del mundo. Esto es moralmente depravado… Con nuestras acciones
estamos cosechando pobreza alrededor del mundo… La
hipocresía exacerba el atropello. Los Estados Unidos y Europa dominan el arte
de forzar las economías abiertas de las naciones pobres a la importación de
bienes y servicios industriales…Resulta que la globalización puede ser una
avenida de una sola vía… Después de todo lo que en realidad estará en
discusión, no obstante la soporífera jerga comercial, es si una economía
globalizada tiene o no espacio para los más pobres agricultores del mundo”. Nada
de lo dicho en esta ponencia está ni lejos de la realidad ni es apocalíptico,
es la realidad contemporánea reconocida también desde las entrañas de los media del Imperio.
Y, en
cuanto a que es mucho más que libre comercio, sirva de ayuda el texto "Dying for
Growth” de Brooke Schoepf, Claude Schoepf y Joyce Millen sobre el colonialismo europeo en África: “El colonialismo fue una época de monopolio
capitalista. Europa estableció plantaciones para cultivar productos altamente
comerciables, minas y sistemas de transporte para facilitar la extracción de
los recursos. Las vías y los caminos fueron diseñados para la exportación de
mercancías, no para comunicaciones ni desarrollos económicos internos de
África… El colonialismo devastó estructuras sociales…Se forzó con impuestos y
coerción a que la gente trabajara en emprendimientos coloniales donde eran sobre-exigidos
y mal alimentados. La agricultura sufrió, la producción alimenticia declinó y
luego hubo falta de comida, hambrunas y epidemias… El colonialismo destruyó la
economía africana y el sistema agrícola y los reemplazó por sistemas,
infraestructuras y estructuras de clase diseñadas para la exportación de bienes
y explotación de mano de obra y recursos primarios africanos para beneficio
europeo”. No hay dubitación alguna sobre las grandes identidades en lo que
pasó en África y lo que hoy se propone hacer con América Latina.
¡ No al ALCA!