EL SOLILOQUIO DE RUDY  

Aurelio Suárez Montoya


La última diatriba de Rudolf Hommes contra los agricultores nacionales destila desprecio y también arropa bajo iguales sentimientos a algunas ramas industriales. Titulada “Diálogo de sordos” más parece monólogo descompuesto que cambio de razones. Es como los que pronuncian “los Macbeth” mascullando su soledad aunque hayan cumplido sus fechorías. En el “reversazo” arancelario del gobierno de Uribe, Hommes hizo tal papel, acompañado por Anne Patterson, por el presidente de la ANDI y algunos amigotes neoliberales. Ese soliloquio, con insultos que no tienen respuesta, se acompaña de  falacias que sí deben refutarse.     

La semana pasada visité el Huila. La crítica situación de sus campesinos sirve de mentís a las falsedades de Hommes. Está el caso de ASOGANPLAT, la Asociación de Ganaderos de La Plata. Desde hace 6 años sirve a 2.000 ganaderos de los municipios del sur occidente del departamento, con un promedio de 10 reses cada uno, con una producción diaria de 3 litros por res. Mediante la administración de una planta de enfriamiento, adquiría todos los días la producción lechera regional y la transaba con la firma FRIESLAND. La Asociación, como entidad sin ánimo de lucro, fijó su precio promedio de compra al productor en 2002 en $470 por litro y el de venta en $510. Hace 40 días la multinacional avisó la suspensión de las transacciones si no se le vendía el producto a $300. “Lean el periódico”, fue la razón para justificar el atropello. Hoy reina en ese contorno un completo desconcierto. Lo del arroz es igual. En el Huila los arroceros son 2.500, ubicados en municipios como Paicol y Campoalegre, cultivan, en dos cosechas semestrales, 25.000 hectáreas.  

En Tolima la estructura productiva es similar: en el Distrito de Riego de Saldaña hay 2.170 productores de arroz de los cuales 1.695, el 78%, con parcelas de menos de 10 hectáreas; la producción arrocera tolimense cubre cerca de 90.000 hectáreas por 7.500 agricultores. Las políticas aperturistas y fiscales, difundidas como medio de combate contra “los terratenientes”, no tienen aquí soporte alguno y, de continuarse, llevarán a estos renglones a un estado como el del trigo, cuyo precio internacional,  pasó de 2,70 dólares el bushell a 4,70, lo cual colocó al borde del cierre a nuestras fábricas de pastas. Aquí no  favorecen “los alimentos baratos” de los gringos, el trigo nacional desapareció y la dependencia al respecto es total.  

No sólo la realidad rebate a Hommes. En la revista “Finanzas y Desarrollo” del mismo FMI, de septiembre de 2002, Hans Lankes, dice que “Estados Unidos, Canadá, la Unión Europea y Japón están sujetos a los máximos arancelarios”, concentrados en textiles, vestido, agricultura, productos alimenticios y calzado, los mismos que el ex ministro quiere que Colombia rebaje más. También Lankes acota: “Las subvenciones  agrícolas de los países desarrollados reducen los precios mundiales de los productos básicos y aumentan la inestabilidad, perjudicando a los países pobres”. Estima que esos subsidios y  demás apoyos estatales son la tercera parte de todos los ingresos de los agricultores de dichos países. Allí no opera la lógica perruna de Hommes de tirar la agricultura porque no es el 20% del PIB. Y agrega Lankes: “Por cada empleo salvado en un país desarrollado, mediante la aplicación de aranceles y cuotas, se pierden unos 35 en los países en desarrollo”, esto lo observa, en particular para los textiles, los que, acorde con Rudy, también en Colombia hay que dejar sin aranceles.  

Lo más trágico del soliloquio es la invocación a Marx para justificar la felonía. Recogiendo positivas opiniones marxistas sobre el papel del libre comercio exterior como base  de la construcción capitalista en Inglaterra y sobre la oposición de David Ricardo a la Ley de Granos, la que favorecía a los terratenientes al subir las rentas del suelo, Hommes eleva a norma eterna la importación de alimentos. Mucho pasó entre 1815 y la segunda mitad de la década de los sesenta. Por estos años, Carlos Marx, en materiales que luego conformarían el  III tomo de El Capital, en un mundo que ya tendía al monopolio, que ya vivía crisis de superproducción, en las que se cumplía con rigor la ley de tendencia decreciente de la cuota de ganancia, escribió “Los capitales invertidos en el comercio exterior pueden arrojar una cuota más alta de ganancia, en primer lugar porque allí se compite con mercancías que otros países producen con menos facilidades, lo que permite al país más adelantado vender sus mercancías por encima de su valor, aunque más baratas que los países competidores”. Y, más adelante, al referirse al país importador de  “productos baratos”,  indica: “Puede ocurrir que este país entregue más trabajo materializado en especie del que recibe y que, sin embargo, obtenga las mercancías más baratas de lo que él pueda producirlas”. Por consiguiente cabe preguntar: ¿En las relaciones entre Colombia y Estados Unidos, quién es  “Robin Hood al revés”? No hay duda, se sabe cuál es el sordo, no oye la realidad, ni a otros economistas, sólo a la embajada gringa.   

Noviembre 5 de 2002