Laura
Zapata
El
Espectador, Bogotá - Colombia 3 de noviembre de 2002
Cuando
entendió que en la lucha gremial se pasa la vida para conseguir el alza de un
precio pero no se cambian las estructuras del país, Jorge Robledo se lanzó a la
lucha política. Hoy, a punta de argumentos, es reconocido como una de las
revelaciones entre los independientes del Senado. Pero, fiel a su estirpe de
catedrático, sostiene: “Si mañana revocan esta vaina, yo seguiré en lo mío:
echando tiza”.
Arquitecto
de la Universidad de Los Andes, ibaguereño de prestante cuna, pero
profesionalmente forjado en Manizales, en los albores de los años 70, en medio
del movimiento juvenil más grande que haya tenido la historia de Colombia,
Robledo tomó una decisión: “O dedicaba mi vida a conseguir plata o trabajaba
por las causas sociales”. Escogió la segunda opción.
Ingresó
a la organización juvenil del Moir conocida como la Juventud Patriótica (Jupa),
que llegó a tener más de 100 militantes en la Universidad de Los Andes. Se
salvó de la expulsión colectiva de estudiantes en 1972 porque no hacía política
en la universidad sino en los pueblos de Cundinamarca. Alcanzó a ser concejal
de Soacha por la Unión Nacional de Oposición (UNO) en 1974. Pero su destino
estaba en la capital de Caldas.
“A
mi mujer sí la echaron de la universidad. Ella estudiaba Bellas Artes y tuvo
que terminar en la Tadeo. Nos casamos en marzo de 1975 y en ese momento
necesitaban un secretario del Moir en Caldas. Entonces, dos meses después, me
fui para Manizales como miembro de los Pies Descalzos, un grupo de jóvenes que
nos pusimos a órdenes del partido para trabajar en diferentes zonas del país
según las necesidades políticas”, rememora Jorge Robledo.
Para
ganarse la vida, emprendió su gestión de catedrático en la Universidad
Nacional, que se proyectó durante 27 años, hasta el pasado 19 de julio, cuando
renunció para posesionarse como senador.
La gesta cafetera
Desde
su cátedra de Taller de Arquitectura y de Economía Política del Neoliberalismo
en Manizales, construyó su productiva vida intelectual. Escribió nueve libros,
se hizo merecedor de todas las distinciones que otorgan a los catedráticos en
la Universidad Nacional, lleva 13 años publicando una columna en el diario La
Patria y hace dos años se ganó un premio de la Bienal de Arquitectura con un
libro sobre el desarrollo urbano de Manizales.
Pero
en 1984 llegó la roya a los cafetales. La plaga generó una conmoción gigantesca
y varios campesinos le dijeron: “Doctor Robledo, usted que tiene capacidades y
estudio, ayúdenos a organizar algo”. Y se metió de lleno al tema. “En ese
tiempo la plata de los cafeteros era para gastar en lo que fuera: en ingenios
azucareros, compañías de aviación, fábricas de camisas, parques; había plata
hasta para botar al techo”, refiere Jorge Robledo.
En
aquel tiempo trabajó con el hoy ministro del Interior, Fernando Londoño, y
coincidieron en muchos aspectos. Pero en 1989 se rompió el Pacto Internacional
del Café y cada quien tomó su camino. “Después de la caída del Pacto arrancó la
cosa neoliberal y Londoño se puso de su lado. Nosotros entramos a defender a
los caficultores. Ambos criticábamos a la Federación de Cafeteros, pero Londoño
representaba a los exportadores privados”.
Para
el año de 1992 la crisis era bárbara. Se alcanzó a vender café a menos de 60
centavos de dólar la libra. Fue entonces cuando, a instancias de la Unidad
Cafetera Nacional, Robledo, con otros dirigentes cafeteros, lideró las marchas
de protesta. La situación era tan crítica que hasta el obispo de Manizales,
monseñor Pimiento, que tenía fama de reaccionario, entró con toda la Iglesia a
ayudar a los cafeteros.
“Fue
una pelea de propietarios por precios, créditos, condonación de deudas,
asistencia técnica y respaldo del Estado. Escogíamos una ciudad y movíamos a la
gente en buses. Llenamos las plazas de Armenia, Manizales y Pereira. Auténtica
resistencia civil a la pobreza. En 1995 hicimos el primer paro cafetero en la
historia de Colombia. En pleno neoliberalismo logramos una victoria sin
precedentes: condonar las deudas cafeteras hasta por tres millones”.
Un
año más tarde la condonación de deudas creció hasta $$5 millones. “Doña Cecilia
López, la entonces ministra de Agricultura, casi se muere porque la orientación
inicial era no pagar ningún crédito”, rememora Robledo, quien después trasladó
su experiencia al resto del agro. Apoyó la creación de la Asociación Nacional
por la Salvación Agropecuaria, y reuniendo a paneleros o arroceros promovió el
Paro Nacional Agropecuario que tuvo lugar en julio del año pasado.
“Cerramos
40 carreteras principales y movimos gente en más de 16 departamentos. Pararon
desde los empresarios hasta los indígenas más pobres. La protesta se construyó
sobre un argumento que sigue vigente: el problema del agro nacional es su
contradicción con el neoliberalismo y el FMI ”. Pero la lucha agraria le hizo
entender a Jorge Robledo que había salido de las aulas y se había convertido en
un hombre público.
Tenía
la práctica oral por la universidad y en 1997 se lanzó a la Gobernación de
Caldas. Alcanzó 53.000 votos y fue un escándalo porque fue una campaña donde el
único presupuesto era un carro. En 1998 se lanzó al Senado, pero sólo obtuvo
16.000 votos. El Moir intentó poner dos senadores pero apenas alcanzó a elegir
a Jorge Santos. Volvió a echar tiza en la universidad, pero después del paro
agrario de 2001 regresó a la plaza pública como candidato oficial del Moir para
el Senado de la República.
Espuelas de cinco metros
Sin
clientelismos ni contratos logró 45.700 votos en diez departamentos. Se estrenó
en el Congreso y, como él mismo lo afirma, “se me dispararon los triglicéridos
por el estrés, porque aquí el que menos tiene es una espuela de cinco metros”.
Creó
la Unidad Cívica y Agraria-Moir, pero no respaldó a ningún candidato a la
Presidencia. A pesar de ser independiente, ni siquiera a Garzón, “porque no
quiso afinar su posición y sin cosas claras no le jalamos al asunto”.
Debutó
como promotor del debate contra la conmoción interior, hizo sentir su
inconformidad con el referendo y volvió a encontrarse con Fernando Londoño
Hoyos. Hoy, Jorge Robledo ha sido catalogado como uno de los líderes de la
oposición, y aunque entiende que por el momento no existe una bancada
organizada independiente, sí tiene claros sus argumentos para defender lo que
ha sido una característica del Moir: nadar contra la corriente.
“El
referendo de Uribe no es democrático. Es un fraude aprovechándose de su
popularidad temporal para torcerles el cuello al Congreso y a los colombianos.
Hay que recordar a sus compañeros de referendos y plebiscitos: Hitler,
Mussolini, Franco, Pinochet y Fujimori. Estoy seguro de que este referendo no
va a hacerle ni cosquillas a la corrupción, porque no toca al Ejecutivo, que es
el que ejecuta el gasto”, añade Robledo.
Y
en particular, la emprende contra el ministro Londoño Hoyos: “Él no puede
responderme porque no tiene cómo explicarlo. Londoño está reviviendo el
grecoquimbayismo, una especie de pirotecnia verbal para defender el
autoritarismo. Un baldado de retórica y citas fuera de contexto de por lo menos
50 autores. Sólo falta que el Ministro empiece a hablar en latín y en griego,
como lo hacían sus antecesores en Manizales”.
Ese
es Jorge Robledo, un ilustre burgués que a sus 52 años ya tiene el cabello
blanco, que gracias al dominio de los temas que debate en el Congreso ha
logrado despojarse de la sombra ‘mamerta’ que lo antecedía, que espera apoyo en
sus debates contra el ALCA y que presagia un desastre económico.
Lo afirma por
convicción de partido: “El Moir siempre ha dicho verdades que el país no
escucha: en 1965 afirmó que la guerrilla no era el camino y vino encima pena de
muerte. Fustigamos a la URSS y nos tildaron de locos. Y nos opusimos a la
Constituyente porque en ella anidó el neoliberalismo. Hoy ese modelo económico
es la verdadera tragedia social y económica de Colombia”.