El nuevo día – 02 de Febrero de
2005
Exportaciones, producción, plusvalía y
TLC
AURELIO SUÁREZ
MONTOYA
El acceso al mercado norteamericano y el
incremento de las exportaciones es el argumento “estrella” de los funcionarios
promotores del Tratado de Libre Comercio de Colombia con Estados Unidos para
seducir a la opinión; “no es posible un TLC sin ese acceso” dicen
reiteradamente quienes están comprometidos en tal iniciativa. Y si bien lo
apropiado es decir que “el colmo de los colmos” sería el Tratado sin siquiera
dicho acceso, también vale estudiar quiénes serán los seguros favorecidos del
eventual beneficio soportado en el inmenso costo que todos los colombianos
pagarán a cambio.
Éste no resulta ser asunto menor cuando a los agricultores se les anima con la
ilusión, a los trabajadores se les estimula tras el espejismo, a los jóvenes se
les involucra en los círculos de “emprendedores” del sueño exportador y a los
caficultores se promete el paraíso si las Tiendas Juan Valdés se ven por
montones en las tierras de Tío Sam. No es posible, según los promotores del
modelo “hacia fuera”, otra ruta distinta a la de enfocar toda la organización
económica hacia los mercados externos así sea que por ello haya que entregar el
interno a los productos, a los capitales y al trabajo foráneo y, por
consiguiente, crezcan las importaciones. Un cambalache cuyo balance después de
15 años es negativo pero que, según los pontífices del dogma, se explica porque
aún no se ha consumado a plenitud.
Cuando se revisan los registros de exportación, la síntesis no resulta
alentadora en torno a las utilidades sociales que de este comercio exterior
puedan percibirse. El 40 por ciento de las exportaciones las hacen sólo 100
empresas y entre las 25 principales captan el 33 por ciento de los dólares
obtenidos. Y cuando se miran los sectores con mayor participación, sacando a
Ecopetrol, lo proveniente del petróleo, del carbón, del níquel, del 25 por
ciento del banano y el 50 por ciento de las flores, de un porcentaje similar en
el café y en algunas ramas industriales los protagonistas son filiales de las
multinacionales, como Drummond, Dole, Exxonmobil, Glencore, Del Monte, General
Motors, Texaco, Cargill y Bayer, entre otros.
Ahora bien, al hablar de manufacturas no puede pasarse por alto que el éxito en
mercados como textiles y confecciones, donde tampoco están ausentes del todo
las multinacionales, directamente o mediante contratos de maquila, depende del
costo de la mano de obra, entendido no sólo como el valor de la hora laboral
sino también como el conjunto del trabajo demandado, el cual no podrá ser
abundante sino apenas en el volumen que permita rivalizar con China, India,
México y Centroamérica. Así ha sucedido y así continuará; un análisis del
salario por hora muestra que en 1997, al dividir el mínimo legal mensual por 30
días y ocho horas y por la tasa de cambio promedio, valió 0,63 dólar, sin
contar sobreprecios, extras y demás y que para 2003, un ejercicio similar
arroja un valor para esa tasa salarial de 0,48 dólar, en un mercado laboral
donde debido a las reformas también decayó notoriamente el peso de los otros
recargos. En 2004 y 2005, el fenómeno de revalorización del peso frente al
dólar conduce a “menores competitividades” y, por ende, esto se expresa en
desempleo. Es una forma como el modelo exportador se auto-corrige, el cual no
es, como quiere hacerse creer, generador de trabajo por naturaleza y mucho
menos de empleo bien remunerado en las fábricas de los artículos que podrían
tener “el acceso”.
Quiere hacerse creer a los productores agropecuarios que, verbigracia, si el
oligopolio del sector lácteo exporta quesos o derivados, esto redundará en su
provecho. Vuelve y juega la falacia de confundir al comercializador o
procesador con el productor, cuando precisamente las conquistas de los primeros
dependen de lograr adquirir a menos precio la materia prima de manos de los
segundos. ¿Será que mayores precios al agricultor o al ganadero son compatibles
con la reñida competencia que hay en todos los bienes que Colombia ofrece? ¿Se
olvidó lo del café, “el producto bandera”?
Sofismas como confundir los intereses del campesino con los de la
multinacional, el bajo salario con las rentabilidades del capital, los
objetivos nacionales con los del financista extranjero son picardía ideológica
en aras del TLC, análoga al dilema que se ofrece a la fuerza laboral:
explotación absoluta o ventas “en los semáforos”. ¡Cuánta infamia, si desde
tiempos remotos se sabe que los grandes logros de los comerciantes sólo se
cristalizan degradando los ingresos de trabajadores y productores, he ahí el
verdadero subsidio a las exportaciones de Colombia!