La Economía Agrícola de la DEA
AURELIO SUAREZ MONTOYA
Un seminario sobre “Globalización y Paz” y
dos artículos de sendos ex ministros neoliberales proponen de nuevo el debate
sobre la relación entre agricultura y narcotráfico. En el evento donde los funcionarios
gringos tuvieron vocería, éstos repitieron como fórmula mágica para la
erradicación de cultivos ilícitos la fumigación con glifosato y en los
mencionados escritos se reiteran, por otro lado y haciendo alarde de elevado
ingenio, las mismas teorías y soluciones del Plan Colombia al respecto.
No se diferencia la propuesta del
promocionado libro LABRAPAZ de Oscar Marulanda, que “propone una lista de
productos, esos sí, con claras ventajas comparativas y una comprobada capacidad
de producción en el país: palma africana, espárragos, palmitos, ñame, los
denominados hortofrutículas (sic), el caucho, el plátano y la yuca”, con lo
dicho hace dos años por el Plan Colombia, “La modernización esperada de la
agricultura en Colombia ha progresado en forma muy lenta, ya que los cultivos
permanentes en los cuales Colombia es competitiva como país tropical requieren de inversiones y
créditos sustanciales puesto que son de rendimiento tardío”. Pero el objetivo
no es discutir sobre la originalidad de la idea sino sobre lo dañino que en ella hay para la prosperidad
nacional.
Un escrito, “El mal colombiano” de
Rudolf Hommes, canta igual al afirmar que “la mayoría de las dificultades de
los agricultores se pueden atribuir directamente a la existencia de la
producción de coca y amapola”. También, en este sentido, reza el Plan Colombia:
“En resumen, las aspiraciones del pueblo colombiano y las labores del gobierno,
han sido frustradas por el narcotráfico”. Sustenta su tesis con los influjos
del lavado de dinero en los precios relativos, perjudicando al sector rural por
varias vías, y en la revaluación, flujos que Hommes, fundamentado en un
conocido texto de Ricardo Rocha, reconoce entre el 5% y el 3% del PIB, entre
1985 y 1.998.
La insistencia en la fórmula, “apertura, cultivos tropicales, glifosato y maquila”, es insólita. Después de quince años de fracaso, incluido el del café tropical, no es posible que al país se le proponga lo mismo. Un dato, omitido por Hommes, que tiene el mismo libro de Rocha (pág. 49), permite hacer objeciones a la vieja pócima presentada con nuevo empaque. En 1.987 había sembradas en los 7 departamentos de la Orinoquía - Amazonía, 30.200 hectáreas de maíz, 86.900 de arroz secano y 3.030 de soja. Para 1.990 esos cultivos habían crecido a 102.700 hectáreas, a 120.100 y a 29.320, respectivamente, a un ritmo anual para el maíz y la soja mucho mayor de lo que crecían la palma africana y la yuca. En 1.996, después de haber sido decretada la apertura, los cultivos transitorios cayeron en esa zona, como en el resto del país, en picada. El maíz rebajó, entre 1990 y 1996, 14.000 hectáreas, el arroz perdió 40.000 y la soja casi desapareció al bajar más de 22.000. En total se perdieron 85.000 hectáreas, que no fueron absorbidas por los reputados cultivos tropicales, los que apenas se ampliaron en 20.000, y casi todas las otras, 65.000, se destinaron a cultivos ilícitos, los que allí crecieron, entre 1992 y 1998, de 20.000 a 72.000 hectáreas. ¿ Nada tiene que ver la rebaja de aranceles agrícolas con esta “singular” sustitución o es que “el mal colombiano” está, en últimas, como también afirma la DEA, en la “perversidad natural” de los colombianos, es su “ventaja comparativa”?
Ese tipo de sustitución -aclara el
mismo Rocha- se favorece en zonas de abandono institucional, como en otras,
diferentes, se dio hacia la ganadería. Lo mismo con las migraciones; ¿ O es que
no son los “raspachines” quienes ayer trashumaban recogiendo las cosechas
semestrales hoy inexistentes? Y, en cuanto a precios relativos se refiere,
cualquiera sabe que, en la economía campesina, los ingresos se destinan a
cubrir los costos de producción pero, especialmente, a la reproducción de la
fuerza de trabajo mediante el consumo de alimentos y bienes que no elabora,
“produce para comer”. En ese orden de ideas, ¿ no fue más perjudicial suprimir
en 1993 el IDEMA que tenía como misión llevar estos géneros baratos a los
sectores marginales, provisión que hoy está intervenida hasta por la
especulación financiera?
Y en cuanto a los Flujos de Capitales
Encubiertos (FCE) es peor. Hommes cuando inauguró la expedición de títulos y
bonos de deuda, para ser adquiridos en
las Bolsas de Valores hasta por personas naturales anónimas, creó una nueva
“ventanilla siniestra”; ¿Vamos a
echarnos el cuento de Caperucita que
con el libre flujo de capitales y mercancías no se favorecen el “lavado de
dólares” y el contrabando? Este último también con nuevas figuras como la
subfacturación y la sobrefacturación o el “ingreso lícito” de mercancías
adquiridas a dólar de menor costo. El “mal colombiano” no está en la maldad de
los colombianos, está en el modelo económico neoliberal que además potencia
todas las secuelas de la economía subterránea. La incidencia real de ésta sobre
toda la organización no debe englobarse artificiosamente para tapar las causas
últimas del desastre, el verdadero origen de la fiebre. A esos ardides se
dedican los neoliberales criollos, diplomados por la DEA, ya no el Departamento
de Economía de los Andes sino la Drug Enforcement Administration.
Publicado en La Tarde, Pereira
Noviembre 19 de 2002