IMPACTOS DEL AFTA (Andean Free Trade Agreement) 

EN EL SECTOR AGROPECUARIO. CASO  COLOMBIA

 

Por Aurelio Suárez Montoya, Director Ejecutivo de la  ASOCIACIÓN NACIONAL  POR LA SALVACIÓN AGROPECUARIA- Colombia- y Presidente de UNIDAD CAFETERA. 

 

Pronunciado en FORO realizado en el edifico Rayborn del Congreso de los Estados Unidos el 10 de noviembre de 2005, auspiciado por la representante demócrata de Illinois – Jan Schakovsky.

 

  1. Panorama de la agricultura colombiana

 

La población rural de Colombia es de doce millones de habitantes, más de ¼ de la población total. Según el Ministerio de Agricultura, en 2004, siete de cada diez de estos habitantes se encuentran por debajo de la línea de pobreza, más del doble que en 1992, según lo registró entonces el Banco Mundial. Actualmente, en el campo colombiano se aprovechan 50 millones de hectáreas y se pueden diferenciar tres grandes sectores productivos: el sector que produce especialmente para el mercado interno (arroz, maíz, soya, cereales en general, papa, fríjol y otras leguminosas, algodón, panela, frutas y algo de aceite de palma), el sector dedicado con prioridad a las exportaciones (cultivos tropicales permanentes, como banano, café, plátano, azúcar, flores y algunas frutas tropicales) y el sector pecuario (principalmente de ganado de carne y leche, avicultura y porcicultura). Entre 1991 y 2001, el PIB agropecuario anual creció en promedio 1,25%. Los campesinos e indígenas participan con el 67% de la tierra cultivada en productos agrícolas.

El total de la tierra con vocación agrícola es de 14 millones de hectáreas, de las cuales se están explotando sólo algo más de 5 millones. En sentido contrario, la ganadería, que representa hoy el 43,5% de la producción agropecuaria, ocupa 40 millones de hectáreas, sobrepasando por más de 20 millones la cantidad de tierra clasificada con este uso potencial. Otros 5 millones están en bosques.

Los cultivos tropicales, incluyendo el café, son el 40% del PIB agropecuario y el resto (16,5%) lo completan los cultivos dedicados al abastecimiento del mercado nacional. Antes de 1990, previamente a la liberalización de la economía, la ganadería era tan sólo el 33% de la producción rural total, los cultivos tropicales para exportación representaban el 41, 5% y los proveedores de alimentos y productos agrícolas para el mercado colombiano eran el 24,5%. Lo perdido en cultivos semestrales, casi un millón de hectáreas, se trasladó en una buena proporción a la ganadería. Los géneros tropicales, a pesar de la caída del café en más de 300.000 hectáreas, mantuvieron su participación en el PIB debido al crecimiento en cultivos de palma africana y caña de azúcar.

Aunque quienes poseen ganado son varios centenares de miles de propietarios y el tamaño promedio del hato es de 10 reses, las mayores y casi las mejores extensiones de tierra, las del 1% de los ganaderos con hatos de más de 500 ejemplares, se han destinado a la cría y engorde de ganado, a ganadería no especializada. La producción de bienes exportables como flores, azúcar y banano, exceptuando el café, está controlada por grandes propietarios, grupos empresariales o empresas internacionales, algunas de las cuales también administran el comercio de esas exportaciones. La producción de cereales, oleaginosas y alimentos en general reposa en pequeños y medianos productores. Este arreglo productivo está asociado a una desigual distribución de la tierra en Colombia, la cual ha sido una constante en la historia del país; y, desde la apertura de la economía se volvió aún peor. Cálculos prediales recientes estiman que los dueños de más de 500 hectáreas, que son el 0,6% de los propietarios, poseen el 62,6% de la tierra.

 Las importaciones agrícolas pasaron, de 1990 hasta 2004, de 700.000 toneladas a más de 10 millones, incluyendo los artículos procesados; los principales perjudicados por la sustitución de bienes nacionales por importaciones fueron los pequeños y medianos productores. Solamente entre 1990 y 1998 las compras externas de maíz, cebada, trigo y soya sumaron 17.879.000 toneladas y las de todos los géneros agrícolas, en el mismo período, más de 26 millones de toneladas. Entre 1990 y 2000, la producción colombiana de trigo por habitante se redujo en 69%, la de arroz en 13%, la de cebada en 87%, la de maíz en 13% y la de papa en 12%,

 

2. La política agrícola en Colombia

 

Las políticas de apoyo al sector agrario colombiano fueron desapareciendo durante el período de aplicación de las reformas estructurales del Consenso de Washington, a comienzos de los 90. En 2001, el presupuesto del Ministerio de Agricultura fue, en términos nominales, la mitad del que estaba establecido en 1996 y en los últimos tres años ha sido inferior al 1% del presupuesto nacional. La iniciativa pública en ciencia y tecnología es el 10% de ese presupuesto, el crédito de fomento desapareció y apenas el 15% del crédito con tasas de interés comerciales se coloca en pequeños productores La principal protección para los productores campesinos y pequeños y medianos empresarios que cosechan para abastecer el mercado interno consiste en los aranceles fijados para algo más de ciento veinte posiciones, acordes con el Sistema Andino de la Franja de Precios, que suman 1.400 millones de dólares al año. En el AFTA está convenido que, al menos en cuanto a las importaciones provenientes de Estados Unidos, tales aranceles serán eliminados. Solamente quedan, principalmente orientados a apoyar las exportaciones, algunos Fondos de Estabilización de Precios. Las ayudas estatales no hacen parte de la política sectorial y se recurre a ellas exclusivamente en situaciones de suma emergencia y en no pocas ocasiones ante las manifestaciones de inconformidad de indígenas, campesinos y productores, reprimidas la mayor parte de las veces con exceso de violencia oficial, con agresiones e incluso muertes.

 

  1. La experiencia del café colombiano como oportunidad en el libre mercado

 

La especialización en productos tropicales, que se presenta en el AFTA como una gran oportunidad para los campesinos y productores agropecuarios de Colombia, tiene en el café un triste antecedente. Siendo éste el principal producto de la economía agrícola colombiana, que ocupa en la actualidad el 30% de la fuerza de trabajo rural, el 8% del empleo nacional y el 18% del área cultivada, sufrió serios quebrantos desde la eliminación del Pacto Mundial de Cuotas del Café. Desde entonces se han perdido trescientas cincuenta mil hectáreas sembradas, la producción anual descendió de 16 millones a 11 millones de sacos de 60 kilos, la participación en las exportaciones mundiales cayó de 16% a 9%, desplazada por cafés robustas y de calidades inferiores, y hoy los peores índices de desempleo están en las zonas cafeteras, que, según las Naciones Unidas, vienen mostrando los mayores deterioros en términos de desarrollo humano y calidad de vida, tanto que ya se habla de la presencia de cultivos ilícitos en extensas áreas donde históricamente no existían.

Colombia pasó de ser el segundo exportador mundial a un tercer lugar, desalojado por Vietnam, y ahora, de manera insólita, es seguido por Alemania, país que ya reexporta un volumen casi igual a las ventas anuales externas colombianas de café. El ejemplo de la caficultura, que ha gozado de reconocidas y tradicionales ventajas comparativas en calidad, sirve de enseñanza para las iniciativas comerciales en este tipo de productos tropicales, cuyas ofertas a escala mundial terminan superando la demanda al ser lanzados a este tipo de bienes los productos agrícolas de más de 60 países del mundo con tales características ecológicas. Allí, el mercado escoge por los precios, y, así,  se libra una tenaz competencia entre los proveedores de los distintos orígenes para ingresar a él con bajos precios, lo que se traduce en ruina y miseria para todos.

Estados Unidos ha venido acometiendo una calculada estrategia para participar con mayor valor e incidencia en el mercado mundial cafetero, en menoscabo de los países productores y, en particular, de los que benefician las mejores calidades. Para reingresar a la Organización Internacional del Café (OIC), demandó la eliminación de la Resolución 407 de esa organización, que prohibía el comercio exterior de los granos que mostraban alguna proporción de defectos en cada lote y grados de humedad por fuera de los estándares permisibles. Dicha resolución fue sustituida por la 420, que sólo exige que los despachos contengan la clasificación según la calidad, pero no exime de contrato de compraventa a ningún embarque, cualquiera que sea. Ya no es obligatorio inhibirse de comercializar ningún embarque.

Como si lo anterior fuera poco, los negociadores estadounidenses en el AFTA, en la mesa de Normas de Origen, han solicitado la presencia de terceros países en los cafés solubles, tostados y molidos. Eso significa que la industria tostadora norteamericana podría exportar esas mercancías a Colombia, Perú y Ecuador, pero ahora procesadas con café de países centroamericanos, africanos, de Brasil o asiáticos. Es realmente una solicitud inaceptable, que golpea con rigor a caficultores colombianos que hoy surten con un millón y medio de sacos el consumo nacional, como también afecta a la industria procesadora colombiana. Una proposición que crea más problemas de los que resuelve, pero que se enmarca dentro de las características dominantes del libre comercio cafetero, a saber: el incremento en la participación en el mercado de las calidades inferiores, como los robustas y los arábigos no lavados, y la reexportación del 30% del café transado mundialmente desde los grandes mercados hacia mercados subsidiarios, como Alemania lo hace con Europa Oriental o Estados Unidos con Canadá, ganando todavía más en la renta final del negocio y quebrantando la de los países productores.

 

  1. Casos de productos más sensibles en el TLC

 

 

Si bien es innegable la afectación del AFTA a toda la agricultura colombiana, y así lo comprueban estudios del mismo gobierno, existen casos más severos en los cuales las negociaciones han consolidado ya posiciones demasiado desventajosas.

Según el Ministerio de Agricultura, la producción de trigo, cebada y avena está concentrada en los departamentos (regiones) de Boyacá, Nariño y Cundinamarca. Allí un conglomerado humano de 25.000 familias, ubicadas en zonas secas, frías y elevadas, vive directamente de la producción de estos cereales y son el 100% de lo que de ellos todavía se produce en Colombia. Según el mismo Ministerio, en Boyacá el 72,53% está por debajo de la línea de pobreza y 4 de cada 10 personas es indigente, en Nariño la situación es más o menos igual. En la negociación del AFTA ya se acordó que el trigo, la cebada, la avena y todos sus subproductos industriales ingresarán a Colombia desde la iniciación del Tratado con arancel del 0%. Es evidente que dichas familias no tendrán cómo competir con productos que llegarán a precios por debajo del costo de producción.

En el caso del maíz y del algodón sucede algo similar. En la región de Córdoba se origina la mitad del algodón de Colombia y una tercera parte del maíz. Allí la población por debajo de la línea de pobreza es del 72% y más de tres de cada diez personas es indigente. En las negociaciones ya se acordó que el algodón ingresará también sin arancel desde el inicio del AFTA y Estados Unidos aspira a un contingente de más de un millón y medio de toneladas de maíz con arancel cero desde el primer año.

En cuanto al arroz, la producción en riego se hace en más de la mitad del total nacional en la región del Tolima, la que en 2005 presenta, por los fracasos de otros productos como el café, el mayor índice de desempleo de Colombia, 21%. Estudios oficiales insisten en la alta dependencia de esta región de la suerte del arroz. En 40 localidades del Tolima el cultivo del arroz es fuente vital para la economía local.

Las ayudad internas a los productores de Estados Unidos juegan un papel clave en la definición de la competencia en todos estos bienes ya que, en costos por tonelada, con excepción del maíz y la soya, son menores los colombianos que los estadounidenses.

 

  1. Cultivos ilícitos y libre comercio

 

En 1992, de 211.700 hectáreas sembradas en hoja de coca, en Colombia había 37.100. A pesar de los esfuerzos y recursos gastados en las políticas antidrogas de los gobiernos de Estados Unidos y Colombia, en 1999 alcanzó a 160.000 hectáreas y en 2005 subsisten 90.000. Esa política, fundada en la aspersión por vía aérea de glifosato en alta concentración sobre más de 1’00.000 hectáreas en los últimos diez años, de desmantelamiento de laboratorios procesadores y de decomisos de embarques, no ha minado el narcotráfico en este país. Las mayor parte de las siembras en 1995 estaban en la región del Guaviare, en 2000 se trasplantaron a la del Putumayo y ahora están en la de Nariño.

Los desastres de la agricultura campesina e indígena mucho tienen que ver con lo ocurrido. Las difíciles condiciones de competencia por la imposición de bajos precios internos para las cosechas, muchas veces por debajo de los costos de producción, con dumping, hacen muy difícil la subsistencia de miles de familias rurales. El 60% de esa producción está en manos de pequeños productores; en la zona suroccidental de Colombia, la que ha presentado mayores niveles de minifundio; están involucradas casi 70.000 familias. Documentos de la ONU, al estudiar la agricultura de las regiones Amazonia y Orinoquia, donde se han cultivado los mayores volúmenes de hoja de coca, muestran que allí las hectáreas de cultivos semestrales o transitorios decayeron en más de 90 mil hectáreas, entre 1990 y 1996, mientras que las de cultivos de hoja de coca, para esos mismas provincias, alcanzaban en 1998 más de 70.000 hectáreas, el 85% de todo el país. Y ratificando lo anterior, en la región de Nariño, en el mismo año 1998, había escasamente 100 hectáreas de coca, pero en diciembre de 2004 ya había 14.200 hectáreas, cerca del 16% del total sembrado.

¿Cuánto más crecerá el cultivo de coca allí con la quiebra del trigo, del cual ahora viven más de una decena de localidades nariñenses? Similar pregunta podría hacerse para el caso del algodón en Córdoba, de la cebada en Boyacá o del arroz en el Tolima.

 

  1. Conclusiones

 

Puede concluirse que los impactos del AFTA sobre la agricultura colombiana serán una ampliación de los ocurridos en la primera etapa de liberalización del comercio. AFTA lleva ese proceso a límites extremos. Por consiguiente, lo esperado es el incremento de la pobreza, el desempleo, la concentración mayor en la tenencia de la tierra, la disminución o desaparición de los cultivos de cereales y oleaginosas y de los que hoy abastecen el mercado interno, en muchos de los cuales la ruina no se da por altos costos sino por la competencia desleal que se pactó en la mesa de agricultura. El sector agropecuario queda casi completamente desamparado.

Finalmente, hay evidencia suficiente para suponer un incremento o, al menos, la persistencia en cultivos de hoja de coca y amapola con las secuelas de violencia y desplazamiento que ello trae consigo. La estrategia del gobierno de Colombia de “entregar porciones del mercado interno para alcanzar nuevas porciones en el externo” no es consecuente con la realidad ni con la experiencia vivida en frutos como el café. La relación costo-beneficio del AFTA para el sector agropecuario colombiano es negativa y ello tendrá repercusiones en el resto de la sociedad colombiana en términos de estabilidad social y bienestar general, incluyendo los efectos en materia de dependencia alimentaria al abandonar el cultivo de los productos que componen la dieta básica de la población y especializarse en productos tropicales. Es difícil pensar que la nación y la sociedad de Estados Unidos quieran esto para el pueblo colombiano. No es fácil creer que en las negociaciones no sea un sentimiento solidario el que se esté reflejando.

 

Muchas gracias.

 

Washington, noviembre de 2005.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

IMPACTS OF AFTA

ON THE COLOMBIAN AGRICULTURAL SECTOR

Por Aurelio Suárez Montoya, Executive Director, ASOCIACIÓN NACIONAL POR LA SALVACIÓN AGROPECUARIA-  Colombia- and Unidad Cafetera’s President. 

 

 

1. The Colombian Agriculture panorama

 

The rural population of Colombia is composed of twelve million inhabitants, representing more than one quarter of the total population.  According to the Ministry of Agriculture in 2004, seven out of every ten of these inhabitants are living below the poverty line – a figure which has doubled since 1992 according to World Bank figures for that year.  Currently, 50 million hectares of land are cultivated in Colombia and three large productive sectors can be identified: 1. the sector which produces especially for the domestic market (rice, corn, soy, cereals in general, potatoes, beans and other legumes, cotton, brown sugar, fruit and palm oil); 2. The sector dedicated primarily to export (permanent tropical crops such as banana, coffee, plantain, sugar, flowers and some tropical fruits); and 3. The livestock sector (principally cattle for production of beef and milk, poultry and pigs).  Between 1991 and 2001, the annual percentage of GNP from agriculture grew 1.25%.  Peasant farmers and indigenous participate with 67% of the cultivated land in agricultural products.

            The total amount of land classified as suitable for agriculture is 14 million hectares, of which only 5 million are cultivated.  On the other hand, cattle which represents 43.5% of agricultural production, occupies 40 million hectares, exceeding by over 20 million hectares the amount of land classified for this use.  Another 5 million hectares are held in forests.

            Tropical crops, including coffee, represent 40% of the GNP from agriculture and the rest (16.5%) comes from crops dedicated to supplying the national market.  Prior to 1990 and before the liberalization of the economy, cattle represented only 33% of the total rural production, tropical crops for export represented 41.5% and the suppliers of agricultural products and foods for the Colombian market represented 24.5%.  The nearly one million hectares that were lost in production of seasonal crops were transferred to a large degree into cattle production.  The tropical crops, despite the loss of coffee in more than 300,000 hectares, maintained its participation in the GNP due to growth in the production of African palm and sugar cane. 

Although cattle is held by several hundred thousand owners with the average herd consisting of 10 animals, the largest and best extensions of land belong  to 1% of the ranchers with herds of more that 500 animals and have been designated for raising and fattening of cattle and non-specialized cattle raising. The production of exports such as flowers, sugar and banana, with the exception of coffee, is controlled by large landowners, business groups or international companies, some of which also administer the trade of these exports.  The production of cereals, oils and food in general rests is carried out by small and medium producers.  This production arrangement is associated with unequal distribution of land in Colombia. Unequal access to land has been a constant in the history of Colombia and the situation has worsened with the opening of the economy. Recent calculations estimate that land owners with holdings of more than 500 hectares - 6% of the landowners - possess 62.6% of the land.

.  Between 1990 and 2004, agricultural imports grew from 700,000 tons to over 10 million tons, including processed goods; those principally impacted by the substitution of national goods by imports were the small and medium producers. Between 1990 and 1998 alone, foreign purchases of corn, barley, wheat and soy totaled 17,879,000 tons and foreign purchases of all agricultural commodities for the same period totaled more than 26 million tons.  Between 1990 and 2000 Colombian production of wheat per inhabitant was reduced by 69%, rice 13%, barley 87%, corn 13% and potatoes 12%.

 

2. Agriculture Policy in Colombia

 

            Support policies for the Colombian agricultural sector were dismantled during the period of application of the Washington Consensus structural reforms beginning in the 1990s.  In 2001 the budget for the Ministry of Agriculture, in nominal terms, was one half of what had been established in 1996 and in the last three years it has been less that 1% of the national budget.  The public spending on science and technology is 10% of this budget, promotional credit disappeared and only 15% of the credit at commercial interest rates is placed with small producers.  The principal protection for peasant producers and small and medium business people who harvest to supply the domestic market consists of fixed tariffs in over 120 positions, in accordance with the Andean System of Price Bands which amounts to $1,400 million dollars per year.   Under AFTA these tariffs would be eliminated for imports coming from the US, leaving only some Price Stabilization Funds principally oriented to support exports.  Public support is not part of the sector policy and is limited to situations of extreme emergency and usually in response to protest on the part of indigenous, peasants and producers who are repressed, in many cases with an excess of official violence and aggression which has even resulted in deaths.

 

3. The experience of Colombian coffee and the opportunity of the open market

 

            The specialization in tropical products which is presented in the AFTA as a great opportunity for Colombian peasants and farmers has a sad precedent in the case of coffee.  As the principal product of the Colombian agricultural economy, currently occupying 30% of the rural work force, 8% of national employment and 18% of cultivated land, coffee suffered serious damage with the elimination of the International Coffee Agreement.  Since then, 350,000 hectares have been lost and annual production dropped from 16 to 11 million 60 kilo sacks.  Coffee’s share of exports fell from 16 to 9%, and what remained tended to be Robusta and lower quality coffees. Today, the worse indices for unemployment are in the coffee growing regions. According to the United Nation, these regions demonstrate the greatest deterioration in terms of human development and quality of life – and the presence of illicit crops in extensive areas where historically they have not existed is now acknowledged.

            Colombia fell from being the second largest exporter on the world market to third place – displaced by Vietnam - and now, in a bizarre manner, is followed by Germany, a country which re-exports a volume almost equal to the annual external sales of Colombian coffee.  The example of coffee, which has enjoyed recognized and traditional comparative advantages in quality, serves as a lesson for commercial enterprises involving these types of tropical products - where the offer on the world market is greater than the demand, with more than 60 countries with appropriate ecological conditions producing these products and launching them into the market.  In this scenario, the market chooses by price, generating fierce competition between suppliers trying to enter the market with low prices, which translates into ruin and misery for all for all.

            The United States has been pursuing a calculated strategy to participate with greater value and presence in the world coffee markets to the detriment of producer countries, in particular those who benefit from the highest qualities.  In order to re-enter the International Coffee Organization, the US demanded the elimination of Resolution 407 of this organization, which prohibited the export of grains that demonstrated some proportion of defect per lot and degrees of humidity outside the range of permissible standards. Resolution 407 was replaced with resolution 402 which only requires sales to be classified according to quality and exempts no shipment from a sales contract, no matter what it is.  It is no longer obligatory to restrict some shipments from commercialization.

            As if this were not enough, in AFTA US negotiators on Rules of Origin have requested the presence of third countries in soluble, roasted and ground coffees.  This means that the North American roasting industry could export its products to Colombia, Peru and Ecuador, but processed with coffee from Central America, Africa, Brazil or Asia.  This is truly an unacceptable request which would have a negative impact on Colombian coffee producers who supply the domestic market with a million and a half sacks of coffee, as well as impacting the Colombian processing industry.  A proposition which creates more problems than it resolves but which is framed in the dominant characteristics of the free trade of coffee is: the increase in the participation in the market of inferior qualities such as Robusta and non-washed arabicas and the re-exportation of 30% of the coffee transferred worldwide from the big markets to subsidiary markets - such as the case of Germany with Eastern Europe or the United States with Canada –  earning a greater share of the profit in trading and breaking the profit share of the producing countries.

           

4. Sensitive Products in the Free Trade Agreement

 

The negative impact of AFTA on all Colombian agriculture is undeniable, as demonstrated by the government’s own studies.  Beyond that, there are particularly severe cases where the negotiators have already taken extremely disadvantageous positions. 

            According to the Ministry of Agriculture, the production of wheat, barley and oats are concentrated in the departments (regions) of Boyacá, Nariño and Cundinamarca.  Some 25,000 families live in these dry, cold and elevated zones, relying on the production of these cereals and producing 100% of what is still produced of these grains in Colombia.  According to the Ministry, in Boyacá 72.53% of the population is below the poverty line and four of every ten individuals are indigent.  In Nariño the situation is more or less the same.  In the negotiation of AFTA it has already been agreed that wheat, barley, oats and all of their industrial sub products will enter Colombia upon the initiation of the treaty with 0% tariff.  It is clear that these families will not be able to compete with products that arrive with prices below the cost of production. 

            In the case of corn and cotton the situation is similar.  Half of the cotton and one third of the corn produced in Colombia comes from the region of Córdoba where 72% of the population is below the poverty line and more than three of every ten individuals are indigent.  In the negotiations it has been agreed that cotton will enter without a tariff as soon as AFTA goes in to effect and the United States aspires to a scenario in which more than a million and a half tons of corn will enter in the first year, with no tariff.

            Over half of the irrigated rice production at the national level comes from the region of Tolima, which due to failures in other crops such as coffee, has an unemployment index of 21%, the highest in Colombia. Official studies underscore the high level of dependence on rice in this region.  In 40 localities in Tolima, rice cultivation is a vital source for the local economy. 

            Domestic support to US producers plays a key role in the definition of competition for all of these goods because in terms of cost per ton, with the exception of corn and soy, these supports are less in Colombia than in the US.

 

5. Illicit crops and free trade

 

In 1992, of the 211,700 hectares planted in coca leaf, 37,100 were in Colombia. Despite the efforts and resources spent on anti-drug policies by the Colombian and US governments, in 1999 this figure had reached 160,000 hectares and in 2005, 90,000 hectares remain in production of coca.  The anti-drug policy, based on aerial fumigation of highly concentrated glyphosate over more than one million hectares in the last ten years, dismantling of processing laboratories and drug seizures, has not curbed drug trafficking in the country.  In 1995, most illicit crops were found in the region of Guaviare – they shifted to Putumayo and now they are in Nariño.

            This situation is linked to the agricultural disasters experienced by peasants and indigenous.  Difficult conditions for competition due to the imposition of low internal prices for crops, often many times below the cost of production through dumping, make the subsistence of thousands of rural families very difficult. Sixty percent of coca production is in the hands of small producers.  In the southwestern zone of Colombia which has presented the highest levels of minifundio; almost 70,000 families are involved.  United Nations documents examining agriculture in the Amazon and Orinoquia where the greatest volume of coca leaf has been cultivated, demonstrate that the hectares dedicated to seasonal or transitory crops fell by more than 90,000 hectares between 1990 and 1996 while the cultivation of coca leaf in these same regions reached more than 70,000 hectares in 1998 – 85% of the country’s total production.  To further underscore this point, in the region of Nariño, in the same year -1998- there were scarcely 100 hectares of coca however by December of 2004, there were already 14,200 hectares - nearly 16% of the total cultivation. 

            With the collapse of wheat, which is currently the means of subsistence for over 12 localities in Nariño, how much more land will go into coca production?  A similar question can be posed for the case of cotton in Cordoba, barley in Boyacá or rice in Tolima. 

 

6. Conclusions

 

            From what has been stated, it can be concluded that the impact of AFTA on Colombian Agriculture will be an expansion of what has occurred in the first stage of trade liberalization.  AFTA takes this process to extreme limits.  As a result, what can be expected is an increase in poverty, unemployment, greater concentration of land ownership, and the reduction or elimination of the production of cereals and oils that currently supply the domestic market?  In many cases, the collapse will be provoked not by high costs but by unfair competition which has been agreed to in the agricultural negotiations. The agricultural sector is left virtually defenseless.

            Finally, there is sufficient evidence to assume an increase or at minimum a persistence in the cultivation of coca leaf and poppy as well as the violence and displacement that is linked to the cultivation of illicit crops.  The Colombian government’s strategy of “surrendering portions of the domestic market in order to capture new portions of the external market” is not consistent with the reality or the lived experience in fruits such as coffee.  The cost-benefit relation of AFTA for the Colombian agricultural sector is negative and will have repercussions in the rest of Colombian society in terms of general social welfare and stability as well as the effects of food dependency as a consequence of abandoning production of crops which compose the basic diet of the population in order to specialize in tropical products.  It is difficult to conceive that the country and the people of the United States would want this for the Colombian people.  It is not easy to believe that in the negotiations, there is not a sense of solidarity that is being reflected. 

 

Thank you very much.

 

Washington DC

November, 2005