Una Reforma Tributaria contra el trabajo agrícola

Aurelio Suárez Montoya


El gobierno de Uribe Vélez, como lo manifestó en Washington, "está haciendo las tareas". Y la más importante es el cumplimiento en el pago de los préstamos contratados, en tanto los flujos de capital financiero tienen en el crédito público el primero de sus filones. El endeudamiento de la Hacienda Nacional es la variable más determinante de la política económica; la política fiscal, orientada a vivir del crédito y para el crédito, cada vez causa mayores estragos. Nadie puede olvidar que Colombia pasó de adeudar 9,5 billones de pesos en 1990, por los cuales en 1991 pagó $850.534 millones de intereses y amortizaciones, nueve pesos por cada cien que tenía prestado, a deber casi 90 billones en 2001 por los cuales deberá cancelar en el transcurso de este año más $22.5 billones, cerca de $25 por cada cien que adeuda. Es decir, la deuda pública creció en tamaño y en costo. Lo más grave es que, al relacionarla con la producción nacional en 1.995, era el 27% del PIB y ahora es el doble: el 54%. La honra de los pagos de intereses y amortizaciones en el año 2002 nos valdrá a los colombianos $63.000 millones diarios. Una suma insostenible para los hogares y para el Estado.

Esta situación se gestó desde 1990. La apertura económica, que significó el libre ingreso de mercancías y capitales y que produjo importaciones superiores a las exportaciones, causó el mayor desequilibrio en la balanza de pagos del país en su historia. Por tal motivo Colombia se entrampó en la financiación de dichos déficits originados en el comercio exterior con los capitales que cayeron a granel para tal propósito. Al principio, los creadores del monstruo, Hommes y Junguito, el uno como Minhacienda y el otro como gerente de Banrepública, estaban felices porque los dineros foráneos, incluidos algunos ilícitos repatriados, permitían una financiación fácil por la vía de la expedición de Títulos del Tesoro, TES. Poco a poco, "la maquinita" de TES se fue volviendo más explosiva: los déficits externos, creados tanto en el comercio como en la balanza de capital, exigían su febril funcionamiento. Esos déficits se repitieron en 1994, 1995, 1996, 1997 y 1998, hasta sumar, año por año, más de 26.000 millones de dólares. En 1999 y 2000, a pesar de los excedentes mercantiles ocasionados por el petróleo y la recesión, los compromisos de pago también produjeron, por sí solos, operaciones externas negativas. Los ingresos corrientes del país cada vez alcanzaban menos para financiarlas y se inició, por un lado, una cascada de reformas tributarias y, por el otro, el derrumbe de la economía, tanto por los quebrantos infligidos por la apertura como por las nuevas secuelas acarreadas: los ciclos alternos de altas tasas de interés y de fuertes devaluaciones según los requerimientos de financiación del Estado, ora en pesos ora en dólares. En 1999, ante la gravedad de los hechos, intervino el FMI y, con la anuencia de los neoliberales criollos, volvió dogma la "reducción del gasto público, con excepción del pago de los intereses de la deuda". En este drama de doce años se han sucedido seis reformas tributarias y dos "conmociones interiores" con sendos tributos especiales, 3 X1000 y Bonos de Guerra. La principal herramienta impositiva ha sido el incremento de la base de artículos gravables y el porcentaje del IVA. Al respecto debe conocerse que el recaudo tributario, en pesos reales entre 1990 y 2001, creció un 75% y, como lo recibido por renta e importaciones se redujo en 30% y 50% respectivamente, por concepto del IVA interno, con sus onerosas tasas y su universo gravado que ya llega hasta el 50% de la canasta familiar, se incrementaron los ingresos tributarios en un 150% en el mismo lapso. También el IVA a las importaciones que, al final, lo pagan los hogares, creció en un 133%.

La política económica de Uribe es la misma en esencia, sólo que más agresiva. El proyecto de Reforma Tributaria que soporta el Presupuesto de 2003 llega a terrenos vírgenes de la producción y el consumo que sus antecesores no se atrevieron a hollar. No quedó casi especie animal o vegetal, producto agropecuario, bien o servicio excluido del ingreso al régimen del IVA, desde las gallinas hasta los marranos, aguacates y chirimoyas, pasando por las semillas, el café, incluso tostado; empaques, herramientas de mano agrícola, guadañadoras, equipos de ordeño, los cereales procesados, la fumigación aérea o terrestre; los abonos, agroquímicos nitrogenados, fosfatados y potásicos; los insecticidas, herbicidas, fungicidas, además las materias primas con que se producen; el riego para cosechas, la recolección mecanizada de las mismas, la preparación de la tierra y su limpieza, el desmote de algodón; la trilla, el secamiento y el acopio, la asistencia técnica del sector y tractores, entre otros. De los $1.4 billones que vienen de la ampliación de la base gravable del IVA, el campo aportará una proporción considerable y, aunque este impuesto lo termina sufragando el consumidor, serán muchos los casos en que los campesinos y productores no podrán efectuar los descuentos ni trasladar todo lo pagado con lo cual sus costos de producción subirán y la exigida competitividad cada vez será más lejana. ¡Ahí si no chilla Armando Montenegro, defensor de las importaciones de alimentos a nombre de los consumidores y de la baja inflación! Entiende que esta plata es para cumplirles a sus clientes prestamistas del capital financiero.

Uribe sigue desfalcando las esperanzas de quienes las cifraron en él. Ahora el reto corresponde a los congresistas que tanto hablaron en defensa del campo. Los Gómez Gallos, Mehregs y Hurtados Canos que ondearon estas banderas deberán actuar en consecuencia así sea a costa de que los revoquen. Las organizaciones agropecuarias consecuentes no tienen más camino que rechazar el engendro y llamar a la resistencia contra él.

Octubre 15 de 2002