“Saber Negociar” (Glosas a un Editorial de “EL ESPECTADOR”)

Aurelio Suárez Montoya


Con el título “La internacionalización del agro”, el editorial del semanario “El Espectador” del domingo 30 de marzo de 2003 reconoce “los enormes desequilibrios que hay entre las economías más desarrolladas, como las de Estados Unidos y Canadá, y las emergentes (sic), como la nuestra. Mientras las primeras acuden en forma masiva  a los subsidios y a medidas paraarancelarias, las segundas, además de tener una marcada dependencia de la exportación de productos básicos, enfrentan restricciones fiscales que les impiden montar esquemas similares de protección”.

No obstante, pese a reconocer el hecho, el editorialista concluye que “las negociaciones en curso tienden precisamente a eliminar esas trabas y a hacer más transparentes los mercados. Colombia no puede marginarse de ese proceso”. Para reforzar su tesis el escrito toma a México como referencia y afirma que “la agricultura mexicana muestra un balance positivo: el crecimiento de PIB agrícola en el período 1990-1999 fue del 1,3% anual, mientras que el periodo 1980-1990 había sido del 0,8% anual, las exportaciones agrícolas registran un acumulado mayor que el de las importaciones; la productividad del sector se ha incrementado; y, finalmente, la producción agrícola doméstica continúa abasteciendo el 97% del consumo nacional”.

Empecemos por lo último, la experiencia mexicana. Es muy probable que alguien haya asaltado la buena fe de “El Espectador” y le hubiera entregado datos no fidedignos. Cae muy oportunamente el volumen 53, número 2, de “COMERCIO EXTERIOR”, revista del Banco Nacional de Comercio Exterior de México de febrero de 2003, para presentar otros. En un artículo sobre la industria de alimentos mexicana, se asevera que en ese país la desprotección del campo se inició desde 1980 y, por tanto, la comparación entre las políticas de intervencionismo a favor del agro y el libre comercio debe hacerse con períodos previos a ese año. Y así señala: “La producción, en kilos per cápita, de los ocho principales granos en 1999 se redujo en 27,6% respecto a 1981, la de carnes rojas disminuyó 34,6% en ese lapso,  la de leche bajó 15,5%...las importaciones de alimentos aumentaron, en millones de dólares de 1.790 en 1982, a 7.274 en 1994 y a 8.601 en 1999….el gasto público global en fomento rural declinó 74,6 % de 1982 a 1999… ”. Un cuadro adicional muestra que el PIB agrícola mexicano desde 1940 hasta 1982 siempre creció por encima del 3.7%; después, con el neoliberalismo como lo asegura el texto, declinó.  

Pero lo más grave es que ese mismo proceso, todavía sin el ALCA, empezó y con mayores secuelas en Colombia. La producción, en kilos por habitante entre 1990 y 2000, de trigo bajó el 65,9%, en soya el 86,14%, en arroz el 8,13%, en fríjol el 19,81% y en maíz un 17,03%. Sólo se mantiene la producción de papa y han crecido la yuca (ñame) y el plátano; es decir se conserva una dieta “rica en carbohidratos”. También el presupuesto para la agricultura en el Plan de Desarrollo es un 80% menor con relación a 1996.  Pero la peor de las  omisiones del editorial de marras es no hablar del curso de las negociaciones. Es gravísimo que en El Espectador no se sepa que ya se está negociando y que el gobierno de Uribe lo está haciendo muy mal.  

Veamos. En octubre, Colombia se retractó de los aranceles inicialmente registrados, lo cual, en el caso de la leche significó bajar de un gravamen del 150% para todo producto importado a partir de 2006 a uno del 61%, todo por orden de la embajada norteamericana. El 15 de febrero se presentaron las ofertas agrícolas. Mientras Perú, Venezuela y Ecuador supeditaron las suyas a la eliminación de subsidios de Estados Unidos, Brasil y Canadá, y Venezuela fijó una posición todavía más fuerte, Colombia estableció una “condicionalidad” tan laxa que prácticamente permite todo accionar de las agriculturas poderosas esperando cómo “evolucionan” sus programas para eliminar subsidios. Y eso que no hay espacio para hablar acerca del documento sobre subsidios que se está negociando en el marco del ALCA, que se elevará a nivel de tratado internacional, y que es un verdadero burlesco a las justas aspiraciones de los países pobres. O sea, ni siquiera estamos practicando la supuesta astucia con que México negoció el TLC con Estados Unidos, que tanto aplaude el editorial en mención. Ya no se supo negociar.

Es hora de fijar posiciones serias sobre el ALCA y sobre sus impactos en la economía y en otros tantos campos de la vida de millones de latinoamericanos.  Tanto las posiciones a favor como las contrarias  no pueden nutrirse de verdades generales y menos de datos no fidedignos. Llegó la hora de estudiar, de discutir con cifras, con los verdaderos marcos teóricos y con la letra menuda de los documentos que se están elaborando; si no se hace, se corre el riesgo de cometer graves yerros como el  de “El Espectador” del 30 de marzo de 2003. 

Abril 7 de 2003