Un S.O.S  por el FONDO NACIONAL DEL CAFÉ.

AURELIO SUÁREZ MONTOYA

 

Coincide la aproximación de un nuevo año cafetero -a partir de  octubre- con la necesidad de  un balance del real estado de la industria del café en Colombia y de sus perspectivas. Algunos hechos que  sobrevinieron en los últimos meses como el agravamiento de la crisis social y el desempleo en las regiones del café, la liquidación de la firma de aviación, ACES, y  las penurias en las cuales se prospecta la recolección de esta cosecha deben congregar la mayor cantidad de voces para  reclamar ahora más que nunca la atención oficial.

Los acontecimientos anotados redundan en la más crítica situación del Fondo Nacional del Café, desde  su creación hace más de 50 años. La pérdida del poder adquisitivo del hogar productor, para insumos y bienes de consumo, tanto como  la remuneración de su trabajo y la consecuente reducción de la cosecha se suman al  eventual  hundimiento que puede enfrentar el más importante de los fondos de estabilización de precios que ha habido en el país, supérstite de una especie en vía de extinción por cuenta del neoliberalismo. Ese instrumento ha permitido a varias generaciones de cafeteros defenderse de las normas de compra que las comercializadoras internacionales, que  operan en el país desde finales de la década del veinte del siglo pasado, pueden poner a su antojo.

Produce mucho más que preocupación conocer que, entre 1.996 y 2002, de cada ocho dólares de patrimonio que el Fondo tenía, ahora apenas queda uno y que su valor neto total alcanza a menos de 250 millones de dólares. Se rememora cómo cada una de las “joyas de la corona”, Bancafé, Flota Mercante Grancolombiana, CONCASA, corporaciones Regionales, como CORFIOCCIDENTE, es recuerdo de un pasado floreciente y, quizás, dilapidado. Las políticas de apertura, dañinas por naturaleza, encontraron terrenos fértiles para cumplir allí su cometido. La revalorización del peso, por el ingreso masivo de capitales externos  en los ocho primeros años del decenio pasado, restó billones, el abandono institucional en BANCAFÉ del crédito productivo al caficultor a cambio  del  de consumo y el de vivienda  o   del crédito para municipios y departamentos, ayudó a la calamidad. La eliminación, en gracia de la libre competencia, de la reserva de carga que existía a favor de la Flota, la dejó a la deriva. La crisis de la construcción por la caída general en 1998 y la catástrofe económica de 1999 hicieron su parte, así como los desaciertos financieros, el saqueo oficial  de las arcas  y los gastos superfluos.

Cuando se presentan hechos como la liquidación de ACES, empresa de la cual el gremio cafetero era dueño del 50%, y cuando toda la suerte de la  inconveniente inversión cafetera de  vieja data en el sector aéreo depende de  lo que pase con Avianca, de la cual el gremio también participa con un 50%, en el proceso de recuperación al tenor del capítulo 11 de la Ley de Quiebras de las cortes de Estados Unidos; no es imposible pensar que -al final- el exiguo patrimonio puede aminorarse aún más. De hecho,  esto ya puede haber costado, sumando los dos casos, cerca de 20 millones de dólares que están pendientes de rescate según lo explicado. No obstante, dichas operaciones en la práctica así pueden significar la pérdida de una porción importante de lo que los productores entregaron en el último año por la vía de la contribución cafetera, dos centavos de dólar por libra, restados directamente del precio externo para el “saneamiento de las finanzas del Fondo del Café”.

Y resulta más grave que si ése es el destino que podrían correr los aportes gremiales, los del gobierno no aparezcan. La Comisión de Ajuste Institucional de marzo de 2002, de la que hizo parte Gabriel Silva, prescribió  que los dineros fiscales deberían alcanzar los $150.000 millones. Esa disposición, en aras de la viabilidad de la industria, se basó en escenarios supuestamente más favorables a los ya vividos para 2003. Hasta la fecha únicamente se han recibido $23.000 millones y los compromisos recientes del ministro de Hacienda llegan sólo a $ 50.000 millones en total.

Al abandono oficial, a los malabares en las malhadadas  empresas de aviación, a la incapacidad para brindar  mayores tributos por parte del medio millón de familias cafeteras, se debe agregar la pérdida de intervención institucional de la Federación de Cafeteros (sin contar las cooperativas) en la exportación del café. En la década de los ochenta vendió el 57%, el 39% en la de los noventa y en los dos últimos años apenas supera el 33%. ¿Cómo puede, entonces, recomponerse? En 2003 se dará otro año de déficit en las finanzas del Fondo. No quiera la vida que, previo al ALCA, se está al comienzo del final del último capítulo del Revolcón Cafetero, anunciado entonces por sus promotores, como “sin prisa pero sin pausa”.