“Vuelve el pollino al trigo y la mula a la cebada…”

Aurelio Suárez Montoya


Un viejo profesor de secundaria, cuando un alumno reincidía, lo reprendía con la alocución: “Vuelve el pollino al trigo y la mula a la cebada”. Tal es el caso de los  neoliberales en el debate sobre las importaciones de alimentos. No ha sido suficiente probar que los promocionados alimentos baratos importados son un espejismo, tanto por su impacto negativo en la balanza comercial y su financiación con crédito especulativo como porque la relación fundamental son las cantidades de trabajo que a cambio de ellos entregan los compradores. No ha bastado demostrarles que especializar la agricultura en productos tropicales - que no sean de la dieta básica- constituye riesgo enorme para la estabilidad de la nación y una entrega, como en el café, de los agricultores a la voracidad de las multinacionales que controlan los mercados finales; en fin, que la agricultura no es  “sector” sino área estratégica .   

No  escuchan que el desempleo, la pérdida de cientos de miles de hectáreas en agricultura, lo que alguien llamó “genocidio”, es concomitante con la importación de productos agrícolas y se “hacen los locos” cuando se relaciona el aumento de cultivos ilícitos en  zonas deprimidas con el abandono de los cultivos tradicionales, ya incapaces, en el marco de la apertura, de retornar a ese campesinado un ingreso mínimo para comprar los bienes de subsistencia, objetivo primero de su economía.

Ofuscados califican de “autarquistas” (sic) a sus contradictores y ponderan la magia del mercado internacional del que debe “tomarse ventajas de las oportunidades que ofrece”. Creen que el mundo del siglo XXI funciona como el de David Ricardo y  omiten las leyes propias de los mercados de la agricultura que todo economista debe saber. En el texto básico “La economía de la Agricultura”, Jesús Bejarano insiste en las particularidades de los comercios  agrícolas, que los hace diferentes a los otros (por ejemplo, en la conformación de los precios), y enfatiza que por las características de oferta, al ser dispersa ( de muchos productores) y de cosecha, y las de demanda, concentrada ( alto consumo urbano) y constante (se come todos los días), “las funciones de comercialización se pueden ver como el eslabón clave entre productores y consumidores”. De modo que los precios de los bienes agropecuarios, contrario a la creencia neoliberal,  no se forman en la relación simple de oferta y demanda sino que los “intermediarios”, distribuidores, acopiadores y procesadores influyen definitivamente.

¿Y quienes son estos “intermediarios” en la actual globalización? Dos monopolios, CARGILL y ADM, controlan más de la mitad del comercio mundial de granos, CARGILL en asocio con MONSANTO y con Novartis/ADM manejan el 80% del mercado mundial de semillas y el 75% del de insumos agroquímicos. CONAGRA es, a la vez, uno de los tres primeros productores de harina del mundo, el tercero en piensos, el tercero en productos con base en cerdo y el cuarto en pollos de asar. Asimismo, las dos mayores multinacionales,  Philip Morris y la Nestlé,  son las que tienen hundidos en la miseria a los caficultores de todo el mundo. Esta última, paradigma de transparencia, no repara en reprocesar productos vencidos, como hace en Colombia con la leche en polvo y, según noticias, con café en Japón. Las 20 primeras empresas de alimentos en el mundo vendieron en 2000 una cifra  igual al PIB conjunto de 10 países de América de ingreso medio, 400.000 millones de dólares.

La FAO reconoce, con explicable timidez, que en la globalización estas firmas “controlan grandes partes de la cadena de suministros…que pueden tener capacidad de monopolio para vender o comprar…”. Es más, en el Tratado de Libre Comercio, (TLC), entre 1995 y 2000, los precios de compra de los cereales bajaron 40% en promedio,  incluidos los norteamericanos cuyo sector de granjas familiares está en vía de extinción, pero ésto no se  trasladó a los consumidores, para quienes el índice de precios subió un 20%. “La agroindustria ha creado nuevas plataformas exportadoras que ponen en conflicto entre sí a los agricultores de los distintos países por sobrevivir a medida que bajan los precios”, dice Public Citizen, ONG de Washington, defensora de los consumidores. Esto lo llama Nestlé, “La fábrica sin fronteras”·, una estrategia que sujeta la  producción al comercio más ganancioso, al que brinde mayor margen.

¿Cómo diablos, bajo tanta evidencia y con el escenario descrito, puede cumplirse la utopía de Hommes que con la “mano invisible” de los monopolios, “haya comida barata, que se distribuya en forma equitativa y que los pobres tengan con qué comprarla”? En el texto ya nombrado se afirma: “Una economía de mercado no puede alcanzar metas sociales importantes en materia agrícola sin una cuidadosa intervención del gobierno”. Aquí jugaba un papel principal el IDEMA, que se eliminó en el primer reinado de Hommes Rodríguez para que, como dijera su último gerente, Darío Bustamante, “los agentes particulares se encarguen de las importaciones de alimentos”. Es de esperar que estas nuevas observaciones eviten que, por lo menos en la discusión, los neoliberales criollos no “vuelvan más al trigo gringo y a la cebada alemana” de los que tanto provecho perciben.

Diciembre 17 de 2002